Alberto Fernández completó una visita a España con escapada a Portugal que no podía imaginar cuando el motivo del pasaje a Madrid era sólo una charla académica. El impacto del triunfo en las PASO también reescribió la agenda, amplifica el sentido de cada movimiento. El candidato vuelve mañana para retomar la campaña y lo hace sumando las señales del viaje: el sueño portugués sobre ajuste y crecimiento económico, las aclaraciones sobre la relación Mercosur-UE, el cambio diplomático que sugiere frente a Venezuela y su rechazo –en tribuna internacional- a las causas por corrupción que involucran a Cristina Fernández de Kirchner.

Nada, ni siquiera sus acompañantes en este caso -empezando por Felipe Solá-, permite describir el armado de su equipo en materia de política exterior, ni tampoco en economía y otros rubros sensibles. Alberto Fernández se enoja cuando circulan especulaciones y rechaza versiones. Pero los gestos y las declaraciones sugieren algunas pinceladas políticas, que fueron varias en este viaje. No sólo en el frente externo.

El candidato más votado dijo que Europa ocupa un lugar central en su visión sobre la relación e integración con el mundo. En rigor, fue una definición expresa a cuento de los interrogantes que lo precedían: estaba claro que sus interlocutores querrían saber hasta qué punto llegan sus reparos al acuerdo Mercosur-UE. Pudo comprobar el interés sobre su punto de vista en el encuentro con el presidente de gobierno español, Pedro Sánchez, y también la cita con el primer ministro portugués, António Costa.

Fernández buscó mostrarse como un promotor antes que como un crítico del entendimiento entre el Mercosur y la UE, más allá de frases críticas inquietantes y del señalamiento, realista, sobre lo mucho que aún resta por discutirse. La síntesis sería pragmático y moderado. No sólo había preocupación política para desentrañar sus posiciones, sino también y sin disimulo interrogantes empresariales, esto último sobre todo en España, por sus fuertes inversiones en la Argentina. Algo de eso, con los cuidados del caso, sobrevoló o fue el marco de los contactos con empresarios locales, en primer lugar y antes que el resto, Ana Botín.

Ese mensaje de colocar a Europa en el centro de la agenda sirvió también para trazar la idea de un diferente equilibrio en la relación con Estados Unidos. Alberto Fernández planteó la necesidad de una relación «madura» con Washington, un genérico en declaraciones políticas de distintas épocas y protagonistas para despejar cualquier sombra de quiebre pero para adelantar que, en caso de triunfo en octubre, habría modificaciones en el tablero regional.

Quizá el tema más concreto sea Venezuela, a juzgar por lo que ya venía expresando, lo que dijo en Madrid y lo que sugieren algunos referentes cercanos en política exterior. Es al mismo tiempo un punto a computar en el juego interno y, más precisamente, en la relación con la ex presidente y su círculo más cercano. Sus críticas públicas al régimen de Nicolás Maduro han sido tibias: llegaron hasta la calificación de autoritario, a pesar del informe Bachelet y de otras informaciones que describen la degradación dictatorial y la crisis económica, social y humanitaria.

En Madrid, Alberto Fernández cuestionó la participación de la Argentina en el Grupo de Lima: dijo que es una expresión de condicionamiento de los Estados Unidos, un elemento de «retroceso» nacional. No dio pistas sobre qué haría en caso de ser consagrado en octubre, más allá de prenunciar el abandono del grupo que más presionó a escala regional para una salida de la crisis venezolana. La paleta fuera de esa estrategia va, como se sabe, desde posiciones más moderadas hasta apoyos explícitos a Caracas. Uruguay o Nicaragua, para citar dos ejemplos.

Más breve pero también significativa fue la visita a Lisboa. Desde las cercanías de Fernández señalaron que el objetivo principal, además de temas de interés comercial compartidos, habría sido de hecho conocer la experiencia política y económica que lidera Costa, al frente de una convergencia de fuerzas de centroizquierda y de izquierda.

La gestión portuguesa es desde hace rato señalada por referentes peronistas y kirchneristas como un «ejemplo» del camino para superar una etapa de ajuste tradicional. Pero en verdad, la experiencia portuguesa es centro de un debate más amplio que, desde esa vereda, es planteada casi como una ilusión, un proceso que podría repetirse aquí en espejo.

Portugal vio la consolidación de Costa después de un enorme ajuste, a partir de 2011 y fruto de una crisis de perfil internacional que había impactado por los menos tres años antes. Hubo fuerte baja de salarios, recorte profundo del gasto público, enorme crecimiento del desempleo, caída de la economía. Costa asumió a fines de 2015 y sobre todo en los dos últimos años la economía portuguesa registra visibles mejoras.

¿Choque absoluto de modelos? Costa expone otro perfil, sin dudas, pero a la vez registra continuidades notorias: control de las cuentas públicas y reformas en el mundo laboral, entre otros puntos. Nadie discutiría las particularidades de la actual experiencia de Portugal –que exhibe otras originalidades en su historia- frente al cuadro de vecinos europeos, pero sí en cambio deja espacio para la polémica el sustento de esta etapa. ¿Es consecuencia de un ajuste exitoso o es sencillamente su negación? Parece lineal una explicación apoyada sólo en uno de los conceptos, y más difícil es proyectar todo sobre la Argentina y sus crisis periódicas.

Alberto Fernández se trae de este viaje una primera impresión de miradas externas sobre la posible coronación de su campaña presidencial. También dejó señales. La presentación de CFK como víctima de una «persecución sistemática» política y judicial fue un dato potente con cortinado internacional. De todas maneras, volvió a tener sentido de cabotaje: hacia la interna y a los jueces federales.

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