La peor catástrofe mundialista de la historia de Alemania coincide con una crisis de gobierno de final abierto, en un evidente paralelismo entre fútbol y política y, tal vez, entre el entrenador de la selección, Joachim Löw, y la canciller federal, Angela Merkel.

Merkel está en la cúspide del poder político desde el 2005; Löw dirige la “Mannschaft” desde el 2006. Los dos son herméticos, cuidadosos de su intimidad, figuras “mecánicas” del poder y del deporte, respectivamente, que casi no muestran sus emociones. Son de la misma generación: ella tiene 63 años; él, 58. Ella viene del extremo noreste de Alemania, cerca del mar Báltico, y él del extremo suroeste, en la Selva Negra. Se ven no solo en los mundiales, como cuando en 2014 Merkel visitó al equipo en Brasil, sino también en la sede de la cancillería, donde Löw suele pasar a almorzar un pollo “cordon bleu” con papas asadas, su plato preferido.

Si Löw mutó de héroe a villano en pocas horas y es probable que deje su puesto, Merkel mantiene su poder casi intacto. Pero cada vez enfrenta más críticas internas y externas. En Berlín, lucha por salvar la coalición de gobierno que tanto le costó formar y que asumió hace apenas tres meses. En Bruselas, pelea por unir y guiar a una Unión Europea cada vez más desorientada y atemorizada por los impulsos nacionalistas y extremistas de gobiernos como el de Italia. “¿Será que Merkel y Löw no se fueron a tiempo?”, se pregunta el diario conservador General Anzeiger, de Bonn.

Ni los más expertos tenían en el radar lo que pasó en la ciudad rusa de Kazán. Parecía imposible que la selección alemana pudiera caer ante Corea del Sur y quedar eliminada en la primera ronda del Mundial, encima como última de su grupo. ¿Le espera a Merkel su “Kazán”?

Son pocos por ahora los que creen que vaya a caer la canciller, la política más popular de Alemania, considerada una garante de que Europa no va a someterse a las tendencias populistas y autoritarias y abrir, como propone el gobierno italiano, campos de internamiento para refugiados en la frontera sur de Libia, en el Sahara. “Europa enfrenta muchos desafíos. Pero el tema inmigración podría marcar el destino de la Unión Europea”, dijo Merkel el jueves en una declaración ante el Parlamento. “Se trata de reducir la inmigración ilegal y obstaculizar a los traficantes de personas”, declaró.

Dentro de su propia coalición hay quienes aún reprochan a Merkel su decisión del 4 de septiembre de 2015, cuando miles de refugiados estaban varados en Hungría y la canciller alemana decidió, junto a su par austríaco, dejarlos cruzar la frontera. Alemania recibió ese año casi un millón de peticionarios de asilo, lo que derivó en problemas para procesar las solicitudes y atender a los recién llegados, que tuvieron que alojarse hasta en los gimnasios de colegios.

Merkel dijo entonces una frase que quedará para la posteridad: “Lo conseguiremos” (Wir schaffen das). Y en parte lo consiguió: uno de cada cuatro refugiados llegados entonces tiene trabajo. Pero muchos conservadores, y sobre todo la extrema derecha, iniciaron una fulminante campaña argumentando que aquella apertura fue un error que expuso a Alemania a todo tipo de riesgos, desde el terrorismo hasta la pérdida de la propia identidad cultural. Más allá de los refugiados y su papel de chivo expiatorio en tiempos de precarización laboral y desigualdad creciente, estas fuerzas políticas como la Alternativa para Alemania (AfD) se plantearon como objetivo terminar la supuesta liberalización política y social del partido de la canciller, la otrora conservadora CDU, y de la sociedad alemana toda, a la que quieren hacer ver en decadencia.

Tras la derrota ante México en el partido debut de Alemania en el mundial, por las redes sociales circuló un montaje fotográfico. Se veía el cuerpo de Merkel haciendo su típico gesto con las manos en forma de rombo con la cara de Joachim Löw diciendo la frase de la canciller: “Lo conseguiremos”. Los tuiteros de extrema derecha utilizaron la derrota de Alemania en el mundial como símbolo de una supuesta debacle generalizada del país. Y hasta acusaron a los jugadores alemanes hijos de padres turcos“no sentirse cómodos con la camiseta”, como dijo Lothar Matthäus (capitán de los campeones mundiales de 1990) hablando de Mesut Özil. Junto a Gündogan, Özil se había reunido en Londres con el presidente turco, Recep Tayip Erdogan. “Son jugadores de fútbol. Y los que tienen ascendencia extranjera suelen tener el corazón en más de un lugar”, aclaró Löw.

Pero el clima futbolero, se sabe, se traslada a lo social. El semanario Die Zeit pregunta todos los días a sus lectores online cómo se sienten. Nunca había habido tantos votos negativos (mal o muy mal) como este jueves a la mañana, después de la eliminación en el mundial, “ni después de ataques terroristas ni cuando ganó las elecciones Donald Trump”, informó el medio.

 

 

Fuente:www.clarín.com