BRONNITSY, Rusia.- Un miércoles a la tarde, Ángel di María confirmó lo que sospechaba: al día siguiente sería suplente. Llevaba semanas enteras dudando sobre si ese lugar que ocupa desde hace tres mundiales todavía era suyo. Fue en Nizhny Nóvgorod que recibió la noticia de su cambio de status, antes del partido contra Croacia, en medio de una situación crítica, inestable: la selección argentina caminaba temblorosa por el Mundial Rusia 2018, sin saber para dónde ir. Peor después, con la goleada en contra y el riesgo real de una eliminación estruendosa. “Se bancó la decisión de la mejor manera: entrenándose como un animal”, le reconocen alrededor de Jorge Sampaoli, a nada de que este rosarino de 30 años, ya reinsertado en el equipo, vaya a ser titular en el partido contra Francia.

Corre ahora Di María por Bronnitsy a la par de Lionel Messi, en el entrenamiento del jueves, mientras charlan y el agua de los aspersores refrescan sus pasos. Está sereno, lejos de ese llanto profundo que lo desnudó en medio de la cancha el martes en San Petersburgo, después del triunfo contra Nigeria. Repuesto de esa emoción que lo mantuvo en ese estado cuando entraron al vestuario con la clasificación en la mano. Porque así vive cuando se pone la camiseta argentina, igual que cuando festeja un gol: con el corazón en la mano.

No hay en el plantel uno como él que asuma en el cuerpo lo que le pasa en la cabeza. Di María es transparente. Soporta y trasluce una presión que le cuesta domar. Como otros ilustres históricos del plantel, siente que los palos que llegan vienen envasados en aquellas tres finales perdidas. Que ese mérito es siempre leído al revés. ¿Qué hacer, cómo tramitar esa carga? “Antes del los últimos partidos de las eliminatorias, el peso que llevábamos encima me superó. En general, con el apoyo de mi familia me alcanza, pero esa vez necesité otra ayuda y busqué un psicólogo. Me hizo bien, pude jugar esos partidos más suelto, más relajado”. La cita textual lleva su firma en un artículo titulado “Bajo la lluvia, en el frío, de noche”, publicado esta semana en el sitio The Player Tribune. En él, el hijo de Miguel y Diana relata cómo pasó de ayudar a su papá a embolsar carbón en su infancia a ganar la Champions League con Real Madrid. La repetida parábola del nene que cumple su sueño compila anécdotas y vivencias, pero sobre todo exhibe en primera persona el carácter del futbolista. Sensible, sufrido, reservado, compañero: para Di María, el sentido de la vida está en la familia y los amigos.

En Quito, aquella noche de la clasificación al Mundial, también lloró. “Las críticas te limitan, te limitan muchísimo. Todo se vuelve tan doloroso que hasta llegás a dudar de quién sos como futbolista. Me lesionaba y psicológicamente me mataba pensar que ya no me daba para la selección”, le contó a LA NACION en enero. Ahora es junio, y camina hacia un destino inevitable: cuando se termine el recorrido de la Argentina en la copa, también acabará el suyo con esta camiseta que vistió por primera vez hace casi diez años: un 1-1 contra Paraguay en septiembre de 2008 por las eliminatorias, antes del abrupto final de Alfio Basile como entrenador del equipo. Él prefiere no confirmar con todas las palabras su adiós a la selección, pero será difícil que algo modifique una decisión que ya internalizó. Siente que en este envión final está dando lo último que tenía para ofrecerle. Que disfrutó, creció, sufrió. Que transitó todas las emociones posibles. Y que le encantaría irse con una inédita: salir campeón mundial.

Tal vez porque es su última vez un batallón con su apellido pisa las ciudades rusas por donde él anda ahora. Jorgelina (su esposa), Pía y Mía (sus hijas), Vanesa y Evelyn (sus hermanas) son parte del equipo familiar y de amigos que estuvieron en los partidos anteriores y vibrarán el sábado en Kazán. “Defendiéndote a capa y espada”, escribió hace unos días su mujer en Instagram, una referencia directa a cómo les pega cuando le pegan. Curtido, Ángel acepta la crítica deportiva pero se rebela cuando a la generación de históricos que integra le cuelgan carteles ingratos: “fracasados”, “perdedores”…

En la selección, su primer defensor es el entrenador: Sampaoli lo quiere públicamente (“es el segundo mejor jugador del equipo”, dijo alguna vez) y también en privado: es afectuoso con él, lo apoyó en aquel momento límite de las eliminatorias y después de la suplencia ante Croacia volvió a darle un lugar contra Nigeria, a pesar de que la mejor versión de Di María no sea la de este Mundial. Sufrió el martes en San Petersburgo: que la eliminación lo encontrara fuera de la cancha (había sido reemplazado) lo hubiera mortificado todavía más. De ahí su reacción del final, cuando su desahogo se tradujo en lágrimas. Ahora, ya “tranquilo y aliviado”, le da cuerda al reloj del optimismo. Di María cree: “No nos para nadie”, se da manija en la intimidad de la concentración, convencido de que lo que vendrá será mejor de lo que pasó.

El partido que viene será el de octavos de final, una fase que le guiña un ojo. Fue en esta etapa, hace cuatro años en Brasil, que marcó el gol más importante de su carrera. Más, incluso, que el de la final olímpica de 2008 en Pekín. Contra Suiza, en San Pablo, de zurda y en el último de los 120 minutos, un remate ajustado al palo, una carrera enloquecida y un instante de felicidad… A ese recuerdo se aferra el hijo del carbonero del barrio Alberdi Oeste; el que cuando era un nene iba a entrenarse a Central en una especie de Rosario Tour que pedaleaba su mamá: Diana lo cargaba en la bicicleta con su hermana Vanesa y allá iban, andando a lo largo de nueve kilómetros. Si la ilusión rusa se estira hasta la final, entonces el cierre de la historia será redondo: el flaquito que fue será un hombre con 100 partidos en la selección. Un pergamino que vale más que cualquier mochila.

Fuente: www.lanacion.com