El reciente primer despacho de cerezas a China muestra un loable pero tímido intento por conquistar ese faraónico mercado y revertir el creciente déficit comercial bilateral, que el año pasado superó los US$7.000 millones. Avatares de la macroeconomía, la necesidad de importar bienes intermedios, y una limitada oferta exportadora explican en parte por qué Argentina tiene una performance distinta a la de Brasil, Chile o Perú que, con estrategias y políticas diferentes, registran importantes superávits.

Según las cifras oficiales, el último año en el que el país registró un saldo a favor en el intercambio comercial con Pekín fue 2008. Al año siguiente ya surgió un desfasaje de 1.190 millones de dólares que desde entonces fue engrosándose y diferenciando al país de otras naciones de la región, también proveedoras prioritarias de materia prima.

El 40% de las exportaciones de Brasil a China están concentradas en productos básicos como mineral de hierro, porotos de soja y petróleo, a lo que le siguen las carnes de vaca, pollo y cerdo. Según el Ministerio de Economía del vecino país, en diciembre registró un saldo a favor de US$6.639 millones, 32% superior al del mismo mes del año anterior. Quizás esto explica que a pesar de las declaraciones del presidente Jair Bolsonaro contrarias a la competencia china, se abstenga de tomar cualquier decisión que comprometa el vínculo con Xi Jinping.

Chile es otro ejemplo. Con una consecuente política exportadora que trasciende los gobiernos, hace tiempo que despacha a Oriente las frutas finas que Argentina empezó a vender ahora y sus embarques de vino superan los 230 millones de dólares anuales, diez veces los locales: en virtud del tratado de libre comercio, este producto está libre del arancel del 10% que sí tributan las botellas argentinas. Aunque sus renglones fuertes en ventas son el cobre y el pescado.

Las estadísticas difieren según las fuentes, pero el fenómeno retratado es similar. Un informe de HKTSD Research en base a datos de la aduana china consigna que en los once primeros meses del año pasado el intercambio comercial con aquella nación resultó en diferencias a favor de US$40.201 millones con Brasil, US$10.106 millones con Chile, US$6.868 millones con Perú y US$5.865 con Venezuela.

La misma fuente acusa con Argentina un déficit de US$4.724millones en ese lapso, bastante menos de lo que acusa el Instituto Nacional de Estadísticas y Censos (US$7.384 para ese mismo lapso, el mayor déficit bilateral), pero con el mismo signo.

En noviembre el comercio con China implicó 12,6% de las exportaciones totales y 19,2% de las importaciones totales argentinas según el INDEC, indicio de la relevancia que tiene Pekín como socio comercial. Pero según ranking por volumen del intercambio de naciones latinoamericanas que maneja la Cámara de Comercio binacional, Argentina retrocedió del cuarto al sexto puesto, desplazada por Venezuela y Panamá. La primera se está consolidando como proveedora de hidrocarburos y la otra oficia como un hub de la mercadería asiática.

En los últimos años, China consolidó su rol como proveedor local de equipamiento ferroviario y grandes obras de infraestructura, en gran medida por contratos de financiamiento barato, atado a la provisión de bienes. Estas compras explican una parte del déficit comercial, robustecido por las importaciones de partes para ensamblar electrónicos y teléfonos en Tierra del Fuego. Este perfil importador es un costado clave del desbalance comercial.

El otro parece ser la incapacidad para incrementar la oferta exportable, en el que tallan un mix de cuestiones. Algunas son globales, como la constante variación de costos internos que hace difícil planificar a largo plazo. Más específicas, como las políticas comerciales, que en algunos casos irritaron a China por la imposición de derechos aduaneros, y otras desalentaron para siempre a los exportadores locales, con demoradas devoluciones de impuestos: según un estudio de la Cámara de Exportadores junto con la Universidad de Bolonia, desde el 2010 desapareció más del 25% de las pymes exportadoras netas.

Fuera de los productos primarios, no siempre hay escala para satisfacer la demanda asiática. El exportador Fabián Lena había despachado cuatro contenedores de vino a granel y, cuando estaban en ultramar, recibió el pedido de otros cuarenta. Fue imposible satisfacer la exigencia y eso malogró su vínculo.

El 76% de las ventas que Argentina hizo a China en noviembre pasado fueron porotos de soja (51,2%), carne bovina, deshuesada, congelada y aceites crudos de petróleo. “Hay que avanzar con otro tipo de productos, pero el país tiene serios problemas para ampliar la oferta exportable”, sentencia el consultor Marcelo Elizondo. “La oferta argentina es muy chica para el país que pretendemos ser”, coincide el economista Raúl Ochoa, para quien el país “ni siquiera es un proveedor importante de materia prima” para los chinos.

Las oficinas de la Cámara de Comercio Argentina China recibe por estos días muchas consultas, animadas por los acuerdos marco anunciados tras el G20. Pero para trasformar los intentos en negocio, hace falta perseverancia y una agresividad que no siempre muestran las pymes locales, según advierte el vicepresidente de la entidad patronal, Ernesto Fernández Taboada. No son muchas las empresas como la santafesina Pampa Cheese, que supo bajar el nivel de lactosa y sal de los quesos para adaptarlos al paladar asiático. O de Arcor, que preparó su desembarco tras un testeo similar.

En la feria de productos importados que se realizó en noviembre en Shangai, el predio montado por la Agencia Argentina de Inversión y Comercio Exterior albergó a una cincuentena de firmas locales contra más de quinientas brasileñas. La diferencia no se explica sólo por el distinto tamaño de las economías, sino por la preparación de las burocracias estatales que ayudan a las empresas y las improntas patronales, que a algunos argentinos les permitió encontrar nichos para vender caballos de polo o langostinos, anhelados por la creciente clase media de aquel país.

Fuente: www.clarín.com