El último cumpleaños le llegó así, sin avisar que era el último, sin aclarar que no habría otro, sin alertar que el reloj se detendría un par de vueltas más tarde. Lo encontró en el lugar donde había ansiado estar durante los 28 años previos, la guardia de Traumatología del Hospital Gutiérrez, esa donde ya llevaba dos como residente y donde se había ganado, a puro desvelo, la chance de rotar en una clínica especializada en manos. Lo que siempre había soñado. Lo que nunca haría.

Aquel martes 31 de marzo de 2015, Francisco Guerrero hizo una pequeña celebración con sus compañeros del hospital cerca del mediodía. A la noche, llegó el momento de la familia: Mariquita, su mamá, viajó desde Concordia (Entre Ríos) hasta La Plata para darle un beso y mil abrazos. Hubo risas, hubo emoción, pero no hubo despedida.

Sólo ellos sabían lo que se extrañaban cuando estaban lejos, porque en el fondo siempre habían sido solo ellos. El padre de Francisco se había ido mucho antes de que él pudiera conocerlo, así que Mariquita lo había criado sin su ayuda en la casa de los abuelos, en Concordia. Le había dado todo, incluso su apellido, mientras acumulaba horas como profesora de Biología para mantenerse.

Quizá de allí sacó “Panchi” ese espíritu emprendedor que lo ayudaba a enfrentar cada dificultad con una salida ingeniosa. Discreto, solidario, de bajo perfil, en la secundaria lo habían elegido mejor compañero y más de una vez habían destacado su vocación para ayudar a otros. Le gustaba escribir y asomaba ya cierto talento con las letras, aunque dudaba entre dedicarse a acomodar las suyas o traducir las de otros. En el último año de la escuela, sin embargo, dejó salir otra vocación: la Medicina. Su sueño era inscribirse en Médicos Sin Fronteras y largarse a curar el mundo.

Inspirado por su abuela, una pediatra de pobres, saltó a la ruta 14 para recorrer los 483 kilómetros que separan a Concordia de La Plata para instalarse en la ciudad de los estudiantes y empezar a descontarle el tiempo a sus sueños. Mariquita duplicó esfuerzos para pagarle una pieza del tamaño de un placard en una pensión que está frente a la plaza Matheu y él le respondió con resultados: a los 24 años ya estaba recibido de médico.

“Panchi” había hecho de todo para llegar hasta ahí. Hábil con las manos, se había empeñado en completar su economía con todo lo que estuviera al alcance de sus dedos: fabricaba artesanías, armaba juegos de ingenio y hacía bijouterie que ofrecía a quien se le acercara. Incluso había aprendido a producir licores para vender en fiestas, algo con lo que alcanzó tanto suceso que luego se animó a dictar “cursos” para quien quisiera imitarlo. También amaba las artes marciales, y solía irse a Capital a comprar equipos para revenderlos.

Sobre el final de su carrera, con un amigo y una amiga se habían puesto de acuerdo para alquilar juntos un pequeño departamento en una torre de las afueras de La Plata, en el barrio El Mondongo. “Panchi” eligió la Traumatología, la especialidad en la que veía la chance de conjugar su vocación con su habilidad manual. Hizo el internado y logró convertirse en residente del Hospital Gutiérrez, lo cual le permitiría empezar a percibir un sueldo. En cuanto cobró el primero, llamó a Concordia:

-Mamá, basta, ahora me mantengo solo.

“Panchi” sentía que nada podría detenerlo. En 2014 se compró una moto y viajó hasta Concordia, para mostrársela a su familia. Poco después repetiría el trayecto, pero para otra presentación: la de esa chica a la que había conocido en un consultorio del Gutiérrez y que se había llevado de allí, además de su atención profesional por un esguince, su corazón. Gimena Juri era su nombre y desde aquel primer encuentro sólo la muerte los separaría.

El día de su cumpleaños 28, el 31 de marzo de 2015, “Panchi” le contó a su mamá que había logrado entrar en la rotación de la Clínica de la Mano, en La Plata, y estaba feliz. De eso mismo iba hablando con Gimena tres días más tarde, en la noche del viernes 3 de abril, mientras caminaban hacia la casa de una amiga para hacer un festejo conjunto con los amigos de siempre. Ella también acababa de cumplir años e iban a compartir alegrías.

Pero el mundo a veces es capaz de reducirse a nada en un instante.

Para la época en la que “Panchi” se instalaba en La Plata para estudiar Medicina, Santiago Milton Pereda Gamboa caía preso por primera vez. Pobre, hijo de pobres, su familia había inmigrado desde Perú para vivir en una zona conocida como “la villa de los peruanos”, en Villa Argüello, Berisso. Allí mismo fue donde tuvo sus primeros conflictos con la ley. El más grave fue en mayo de 2005, cuando lo detuvieron por asesinar a un vecino llamado Víctor Di Pascua durante una pelea. Estuvo preso en una comisaría y en marzo de 2006 fue trasladado a un penal bonaerense. Pero el proceso se demoró tanto que, en junio de 2008, tuvieron que liberarlo. Recién en 2010 lo juzgaron y lo condenaron por homicidio, aunque en agosto de 2011 logró la libertad. No duró tanto en la calle, ya que en agosto de 2012 lo detuvieron por robo calificado y volvieron a condenarlo. El 15 de abril de 2014, sin embargo, salió en libertad condicional.

Un año después, en la noche del 3 de abril de 2015, Pereda Gamboa (32) se encontró con Matías Jones para ir a dar unas vueltas en una moto Honda Wave 110. Este joven, de 25 años, había salido de la cárcel hacía menos de un mes, el 4 de marzo. Había caído preso en noviembre de 2014 por robo calificado y, antes, había estado detenido casi dos años, entre febrero de 2011 y marzo de 2013, por otro asalto.

Jones manejaba. Pereda Gamboa iba sentado atrás en la moto cuando llegaron a calle 66 y 116, en el barrio El Mondongo, y se encontraron con una pareja que caminaba de la mano. Les pareció un blanco fácil. Y atacaron.

“Panchi” y Gimena no los vieron venir, distraídos en su felicidad. Uno los encaró, los amenazó con un arma y les exigió plata.

-Si alguna vez me toca, no me voy a entregar, había dicho tiempo antes “Panchi” a su novia.

El médico enfrentó al asaltante. Quería defender a su novia y defender lo suyo. Gimena se dio cuenta enseguida de lo que iba a pasar.

-¡Por favor, no lo maten!, gritó ella.

El tiro le dio a “Panchi” en el pecho. El ladrón le sacó un bolso, subió a la moto y huyó con su cómplice. Gimena se desesperó: se arrojó sobre su novio, vio la sangre y le pidió ayuda a un joven que pasaba en auto. Éste no frenó, pero mandó asistencia. “Panchi” fue llevado al Hospital San Martín, directo al quirófano.

El teléfono de la casa de Mariquita sonó poco después. Había llegado de La Plata apenas unas horas antes. Era Gimena. “Estamos con ‘Panchi’ en el hospital. Nos robaron”, le dijo.

A Mariquita se le derrumbó la vida. Cortó. Esperó un rato y llamó a Jeremías, el amigo “desde los pañales” de su hijo, que también vivía en La Plata. Fue él quien le contó del disparo y le anticipó que el panorama era malo.

La mamá de “Panchi” se subió al auto de su pareja, paralizada. Se le apaga la voz cuando relata esas seis horas en la ruta 14, entre preguntas que no se quería responder: sólo ella sabe lo que es hacer ese viaje. Llegó de madrugada al hospital, para encontrarse con una médica que no pudo disimularle nada. Había sido una sola bala, pero demasiado certera.

“Yo sé que él estaba feliz, planificando su futuro, despreocupado, pensando que todo marchaba sobre ruedas…”, le dice Mariquita a Clarín“En esos momentos no hay motivos para pensar que puede cambiar algo. Y de golpe tu vida termina. Termina la de él y la de todos los demás se transforma”, reflexiona. “Pienso que fue bueno que fuera repentino y que no haya pasado momentos de miedo… Lo de ‘Panchi’ fue rápido, no debe haber sentido miedo, pienso. Y creo que él se dio cuenta de lo que pasaba. Él era de enfrentar las cosas. Habrá hecho como hizo toda la vida…”, evalúa. “Era muy realista, muy concreto: ‘Lo que está bien, está bien, y lo que está mal, está mal, y hay que poner el pecho a las balas’, decía siempre. Y se lo puso…”.

Al día siguiente, los médicos del Gutiérrez salieron a la calle, impotentes, devastados. Marcharon sin saber hacia dónde. Llevaron globos negros, en una suerte de paro en reclamo de justicia. Gimena hizo un identikit y detuvieron a Pereda Gamboa y a Jones. Les incautaron la moto y el bolso de “Panchi”.

“Gracias a ella mi hijo no murió solo. Gracias a que ella se movió, tuvo atención, y no se murió solo. Es algo que me va a unir a ella para siempre”, recuerda Mariquita.

La mamá de “Panchi” dice que a partir de la muerte de su hijo se encontró con un mar de burocracia y ninguna ayuda oficial. Nada. Sólo la solidaridad de los amigos, la empatía de los colegas -que instauraron en el hospital un premio al mejor compañero con su nombre- y de los vecinos de El Mondongo, que se unieron para reclamar seguridad y el año pasado pusieron una placa en la esquina donde lo mataron. Ahora, todo volverá a ella: el lunes empieza el juicio contra Pereda Gamboa, acusado de dispararle a su hijo, y contra Jones, imputado como conductor de la moto.

“Yo espero que los jueces recuerden que es una persona la que mataron. Una persona buena, como miles de chicos. Obvio que, para mí, mi hijo es único y no hay otro mejor, pero hay miles de chicos buenos, laburantes, esforzados, que se sacrifican por un sueño y lo logran y que por alguna razón caen en manos de alguien violento… Y la sociedad pierde, más allá de lo que perdemos y nos destruye esto”, explica Mariquita. “Son personas que hubieran aportado a la sociedad, al bienestar, a la paz. Son muchos chicos que han desaparecido en manos de gente violenta, chicos que buscaban un mundo mejor desde su profesión. Y a mí eso me subleva…”.

“Quienes están al frente, quienes están decidiendo, cuando deciden achicar penas, o largar gente antes de tiempo, tienen que pensar en el efecto que pueden tener sobre otros y la cadena que se genera, donde perdemos todos”, pide Mariquita. “Me gustaría que quienes van a decidir piensen en eso. En que no haya otro ‘Panchi’, otra familia llorando… Se pierde hasta lo económico, lo que el país invirtió en formar a una persona desde el jardín de infantes público, su escuela pública y su universidad pública, y que pensaba trabajar en un hospital público, todo eso se perdió… El Estado derrochó esa plata. La dilapidó…”, se desvanece Mariquita.

La fiscalía le pidió que declare como testigo. Volverá entonces a viajar ahora esas seis horas desde Concordia hasta La Plata, que para ella serán tres años hasta ese día donde su vida cambió así, sin aviso ni explicación ni razón, para siempre.

 

Fuente:www.clarín.com