“Había noches que me quedaba mirando a Juan Martín mientras dormía, pensaba en su inocencia y en lo difícil que sería explicarle lo que había pasado. A medida que fue creciendo, fuimos conversando. Le conté que Tomy, su hermano mayor, murió porque alguien le hizo daño, y que su papá está preso porque lastimó a alguien. Él sacó sus conclusiones y un día me dijo que sabía quién había matado a su hermano: ‘Fue mi papá’”.

La que habla por primera vez con Clarín es Susana Leonor Santillán (35), la mamá de Tomás Dameno Santillán, el nene de 9 años que fue asesinado a golpes por su padrastro, Adalberto Cuello. El crimen ocurrió en 2011 en Lincoln y conmocionó a la Argentina porque fue una venganza tan siniestra como brutal: Cuello mató a Tomás en venganza porque su madre lo había dejado y culpaba al chico de eso.

El otro dato impactante del caso es que Susana y Cuello, además, tenían otro hijo en común. Juan Martín. Un hijo que ahora ella cría en soledad. Ese bebé es el chiquito que en estos siete años que pasaron desde el crimen de Tomás se dio cuenta de quién había matado a su hermano. “Fue mi papá”.

La separación de la pareja se había producido unos tres meses y medio antes de que Cuello asesinara a Tomás. Había sido tan violenta que el hombre no podía ver al hijo que ambos habían tenido, y que tenía por entonces apenas 8 meses. El nene que luego supo la verdad: “’Fue mi papá’”.

“Fue un momento muy triste, lloramos un buen rato, pero en algún punto fue un especie de alivio”, recuerda Susana sobre el día en que Juan Martín le dijo que sabía quién había matado a su hermano. Pero para llegar a ese alivio, la mujer debió cruzar el infierno. Y hasta tuvo que internarse por una profunda depresión.

“Durante el tiempo que duró el juicio (contra Cuello) me pude mantener de pie para que se hiciera justicia. Pero cuando se logró, recién ahí caí. Habían matado a mi gordo. Caí en pozo, sufrí una depresión muy grande. Sinceramente, no quería vivir más”, se sincera Susana desde su pequeño departamento alquilado en Lincoln, una ciudad de 30 mil habitantes situada al noroeste de la provincia de Buenos Aires que no se olvida del cruento crimen de Tomás, ni del juicio a Cuello.

El juez Miguel Angel Vilaseca Parisi, quien junto a sus colegas Karina Lorena Piegari y Claudia Beatriz Dana integró el Tribunal Oral en lo Criminal N°1 de Junín que sentenció en 2012 a Cuello por haber matado al nene por “odio” hacia su mamá, fue contundente en el fallo: consideró que “Tomás era una cosa”, un objeto, para él.

El padrastro del nene fue condenado por unanimidad a prisión perpetua por el delito de “homicidio agravado por alevosía”, en un caso que se encuadró como violencia de género: “Sabiendo lo importante que resultaba para su madre y los celos que el imputado sentía hacía Tomás, pegó donde más dolía”. Para los magistrados, Cuello armó un “plan” para matar al nene y encubrir su crimen: “Fue un hecho premeditado”.

“En todo este tiempo me he preguntado si podría haber evitado la muerte de mi hijo”, señala Susana. “Al principio sentía mucha culpa, pero después entendí que el tipo era un psicópata, que lo planeó y que, tarde o temprano, lo iba a hacer”, apunta.

La desesperación

Aquel doloroso 15 de noviembre de 2011, en Lincoln, Tomás salió de la escuela Nº 1 Domingo Faustino Sarmiento apenas unos minutos después de las 12. Con la mochila de los Powers Rangers en su espalda comenzó a caminar hacia su casa como hacía cada día. Unos minutos después, su mamá se empezaba a preocupar porque no llegaba. No lo volvería a ver con vida.

“Pasaron siete años pero me acuerdo de todo como si hubiese ocurrido ayer. El sufrimiento, llorar todo el tiempo, la desesperación de la búsqueda y el final que tuvo mi hijo… Son cosas imposibles de olvidar para una madre”, se quiebra Susana.

Ese mismo mediodía en que Tomás desapareció, Susana presintió que algo andaba mal. Muy mal. Al ver que su hijo no llegaba, salió disparada hacia la comisaría de Lincoln para pedir ayuda.

Lo que no sabía Susana por entonces, pero sí presentía, era que Tomás se había cruzado con Cuello, albañil y remisero al que el nene le tenía pavor. Nadie entiende por qué, de seguro porque el hombre lo engañó, se subió a su coche.

Y Cuello sacó a Tomás de la ciudad en un último viaje. Cerca de un monte frenó el auto, hizo bajar al chico y comenzó su venganza hacia Susana: lo mató a golpes.

Un par de horas más tarde, al borde de la desesperación por no saber nada de su hijo mayor, Susana no aguantó más y llamó a Cuello para preguntarle: “¿Vos lo tenés?”. La cruel respuesta de su ex pareja fue: “No tengo nada que ver. Si querés te ayudo a buscarlo”.

Dos días depsués, el jueves 17 de noviembre de 2011 a las 18.30, tras 54 horas de rastrillajes con 12 perros por caminos laterales, campos y bosques, y de que más de 500 policías registraran sin éxito unos 700 domicilios, el cadáver del nene fue hallado en una chacra ubicada a tres kilómetros del pueblo.

Según la autopsia, Tomás fue atacado con una pala en la cabeza, en la espalda, en las piernas y brazos. Intentó defenderse pero sufrió múltiples lesiones craneales y, finalmente, un paro cardíaco. “No cabe duda de que se dio cuenta de que lo estaban matando. El hecho es de una cobardía y una brutalidad enorme”, describió el juez de Garantías de Junín José Raúl Lucchini, al resolver la detención de Cuello.

“Él sabía muy bien que Tomás sufría de hidrocefalia y que cualquier golpe en la cabeza podía generarle un problema muy grave, incluso la muerte. Él lo sabía”, repite Susana desde su casa plagada de fotos de Tomás y de Juan Martín. El lugar está regado de juguetes y de ilusiones: la mujer espera a su tercer hijo, que se llamará Daryam Gael.

“Perder a un hijo, que te lo maten como me pasó a mí, y también quién lo hizo, me generó un dolor inmenso. Con el tiempo ese dolor no se ha ido, pero de alguna forma tuve que aprender a sobrevivir”, explica Susana y narra el tortuoso camino que le permitió soñar con el amor y con una nueva familia.

La depresión

Tras la muerte de Tomás y la condena a Cuello, Susana “no quería vivir más”, según cuenta. Pasó semanas enteras llorando, tirada en una cama. “En medio de un dolor muy grande, me di cuenta de que tenía que luchar por mi otro hijo, por Juan Martín, porque él no tenía la culpa de lo que había pasado. Entonces, decidí internarme en una clínica de Junín, y ese fue el comienzo de mi recuperación”, sostiene a la distancia.

Fueron seis meses de internación. “Además del tratamiento, tuve la oportunidad de hablar con personas que estaban sufriendo como yo. Eso me sirvió mucho. Fue una experiencia muy buena que me dio herramientas más que nada para volver a afrontar la vida”, recuerda.

Como también rememora lo que fue recibir el alta y volver a ese Linconl aún conmocionado por su tragedia. “Cuando volví a mi casa no podía salir a la calle. El caso de mi hijo se había hecho tan popular que me conocían todos. ‘Vos sos la mamá de Tomy’, me decían. Y eso me hacía mal. Entonces, no quería salir. Pero ya había aprendido algunas cosas para entender la situación. Juan Martín era muy chiquito, tendría dos o tres años; y yo tenía que estar fuerte por él”.

No fue sencillo. “Muchos me decían que Juan Martín era el hijo de un asesino y que no iba a poder. En algún punto, hay algo de verdad en eso, porque su papá mató a su hermano, a mi otro hijo. Pero entendí que él no tenía la culpa de nada, que era mi hijo y que lo amaba, y lo amo”, remarca esta mujer que poco a poco se recuperó y que dice que su única fuerza se la da, justamente, Juan Martín.

Volver a empezar

Susana reconoce con orgullo que “las cosas están cambiando”. Y sigue: “Recién hoy puedo decir que aprendí a sobrevivir y a convivir con un dolor muy grande. Tengo momentos de mucha tristeza, pero trato de estar bien rápido por mi hijo. Es una lucha diaria”.

Y esa lucha la convertirá muy pronto nuevamente en mamá. Con los ojos llenos de lágrimas ella reconoce que la llegada de este bebé la llena de cierta alegría.

“Hoy mi gordo tendría 17 años y a veces pienso en las cosas que estaría haciendo. Desde donde esté, siento que está orgulloso de mí y de su hermano; como también siento que un día llegará el momento de reencontrarnos, y ahí seguro que le daré el abrazo que le daba cuando volvía de la escuela”. Ese abrazo que quedó pendiente hace siete años.

 

Fuente: www.clarín.com