La Plata, finales de 1999. El Sub 23 de José Pekerman que se preparaba para el Preolímpico de Londrina jugaba un amistoso en la cancha de Gimnasia. Jorge Indio Solari viajó con uno de sus diamantes de Renato Cesarini para que lo conocieran en la selección. Y lo dejó. La prueba era al día siguiente, por eso al final del partido subieron al pibe al micro que regresaba al predio de Ezeiza. En el camino, pararon en una parrilla y sin darse cuenta, el chiquilín estaba sentado en una mesa con Samuel, Cambiasso y Riquelme. Clavó la mirada en el plato y nadie le escuchó la voz. Ya en el complejo de la AFA, durmió en la habitación con Maxi Rodríguez. “Nunca olvidaré esa primera noche en el predio. Por eso la selección es mi segunda casa. Estuve más tiempo acá que en cualquier otro lado”, le contó Javier Mascherano hace un tiempo a LA NACION. Tenía 15 años en 1999 y cuando termine la actuación de la Argentina en Rusia habrá cumplido los 34. Será su despedida.

Hace mucho ya, Pekerman conversaba con un chico que no era uno más. Le contaba del orgullo que le producía cuando desde el exterior le preguntan cuáles eran las razones del amor de los jugadores argentinos por la camiseta de la selección. José hablaba y el pibe escuchaba. “Javier, nuestra obligación es mantener viva esa conquista. ¿Cómo? Teniendo memoria. Cuando alguien cree que las cosas se consiguen fácilmente, hay que advertirle que no es así, que en la selección hay que ganarse un lugar porque cuesta mucho esfuerzo mantenerlo. El jugador debe entender que cada vez que llega a la selección debe defender un prestigio que antes construyeron otros”. Javier era Mascherano. Ese sentido de pertenencia todavía lo moviliza. Ayer aterrizó tras un interminable viaje desde China -queda una fecha en la liga, pero gestionó un permiso ante su club, Hebei Fortune- y se fue directo al predio.

Otra vez La Plata aparece en esta historia. Todavía no lo conocían en la primera de River y con Bielsa debutaba en la selección mayor. Era el más chico, pero parecía un viejo. De perfil subterráneo, desbordaba personalidad. No ganó ese 16 de julio de 2003, empató 2-2 un amistoso con Uruguay. Y no ganó nunca más en realidad. Ni en las finales de las Copas América de 2004, 2007, 2015 y 2016. Ni en Brasil 2014. Un coleccionista de derrotas, dirán muchos. Un emblema que se resiste al tiempo, que se rebela contra las sospechas desde el lugar que le toque. Desde el banco, un sitio impensado hasta hace un año. El héroe de Brasil ya no reluce en el bronce, pero no se queja. Obliga en silencio. Ayer hubo apenas cinco jugadores en la práctica, y uno fue él. Mascherano condiciona, sí.

Los partidos del ‘Jefe’ en la selección no terminan en los 142 con la mayor, que acechan el récord absoluto de 145 de Zanetti. “Es increíble no pensar en la selección como parte de mi vida. Después de haber defendido a la selección en todas las categorías, es algo que me moviliza hasta lo más profundo”, le confió a LA NACION. Su identificación llega casi desde la infancia. Subió cada escalón de la mano de orfebres como Pekerman y Tocalli. Jugó el Sudamericano Sub 17 Perú 2001 (6 partidos), el Mundial Sub 17 de Trinidad y Tobago 2001 (6), el Sudamericano Sub 20 Uruguay 2003 (8), el Mundial Sub 20 Emiratos Árabes 2003 (6), el Preolímpico Chile 2004 (7), los Juegos Olímpicos de Atenas 2004 (6) y los Juegos de Pekín 2008 (6). Se colgó dos medallas doradas. Igual, muchos se afirman en el descrédito. Mascherano no se rinde, aunque el superhéroe ya no tiene capa.

Volverá a intentarlo, con menos protagonismo pero idéntico espíritu de inmolación. Mascherano no figura entre los favoritos futbolísticos de Sampaoli, por eso dejó de ser intocable. Pero el DT respeta su profesionalismo y valentía, su influencia. Única en el plantel. Volvió a ser zaguero. Los días como volante se acabaron; en el eje central, la partitura del técnico busca otra caligrafía.

Diego Maradona jugó en la selección desde el 27 de febrero de 1977 hasta el 25 de julio de 1994. Fueron 17 años, 3 meses y 29 días, con un largo paréntesis entre julio del 90 y octubre del 93. Mascherano lleva casi 19 años ininterrumpidos. “Cada recuerdo con la selección es un capítulo valioso en mi vida. Desde los juveniles mamé el deseo de estar siempre cuando la selección te necesita. Es un honor. Fui sparring en el Mundial de 2002 y ahí vi llorar a tipos que eran campeones de todo en sus clubes. Eso me marcó de por vida”. Varias veces Mascherano avisó que no desea ” comer más mierda”. Sueña con un título por las generaciones que vendrán. Prefiere que no carguen con el calvario que él viene sosteniendo desde siempre. Solo le queda una oportunidad.

 

 

Fuente:www.lanacion.com