San Juan y sus tierras bañadas de sol -a pesar de algunas nubes que traen frío- vuelven a abrirle los brazos a la Selección de Lionel Messi y compañía. Y, más allá de ser un amistoso contra un rival de menor jerarquía como lo es Nicaragua, la expectativa es elevada. Se notó desde temprano en las inmediaciones del Hotel Del Bono Park, con cientos de personas, en su mayoría chicos, esperando la llegada de la delegación albiceleste que sucedió ya en el ocaso del día. Unos trecientos hinchas recibieron al plantel con carteles dedicados en su mayoría al 10 y mucho calor.

Ya se palpaba desde hace días, cuando las casi 14 cuadras de fila superaron cualquier previsión en la venta de entradas, que duró muy poquito. Es que de los 25 mil lugares que posee el Estadio del Bicentenario, sólo menos de 10 mil se expusieron a la venta; el resto se repartió principalmente entre los distintos clubes locales. es por eso que el marco, además de repleto, lucirá muy familiar esta noche en la despedida ante el público argentino previo a viajar el domingo hacia Salvador de Bahía para instalarse ya de cara a la Copa América. Algunos fanáticos comenzaron a hacer la cola el sábado, cuando las boleterías abrieron recién el lunes. ¡Dos noches en la calle durmieron los más osados! Todo sea por ver de cerca al mejor jugador del mundo y a sus compañeros. Los precios populares ayudaron: la general costaba 100 pesos y la platea más cara, 700.

La Argentina eligió una provincia que le sienta muy bien para decir adiós antes de adentrarse en una nueva aventura copera. Jugó cinco veces en total y siempre ganó: cuatro amistosos (Costa Rica, Venezuela, Bolivia, Honduras) y uno por Eliminatorias rumbo al mundial de Rusia, el 3-0 sobre Colombia. Ese partido oficial fue el 15 de noviembre de 2016, con Edgardo Bauza como entrenador. Y tuvo a un Messi en un nivel superlativo. La Pulga clavó un golazo de tiro libre y asitió al Oso Pratto para el segundo. El tercero fue de Angel Di María

Eran tiempos difíciles para el Conjunto Nacional. El equipo venía de sufrir una gran humillación en Belo Horizonte: un 0-3 contra el Brasil de Neymar. La clasificación a la Copa del Mundo no se encaminaba y el ambiente era una espesa masa de aire denso que envolvía el humor de todos para encerrar sonrisas y liberar caras serias. La Selección estaba enojada. Messi estaba enojado. Tanto que, después de lucirse en esa goleada con Colombia, copó la sala de conferencias del estadio junto al resto del plantel, tomó el micrófono y con cara de malo anunció que se rompía el vínculo con el periodismo, que desde un sector minúsculo intentaba desestabilizar con versiones sobre la vida privada y la conducta de algunos futbolistas.

En el medio, mucho caudal de agua pasó debajo de un puente que estuvo a punto de derrumbarse al final de esas Eliminatorias. Pero otra vez Lionel frotó la lámpara para salvar a la Argentina en Quito y llevarla a Rusia. La frustración mundialista fue ciclo cumplido para varios. Messi, de hecho, se tomó seis meses de licencia con su país y se concentró sólo en Barcelona.

Hoy, la Selección comandada por Lionel Scaloni, pisa San Juan lejos de aquel enojo. Hoy el semblante es otro. Hoy se respira un aire renovador. El recambio fue brusco. Siete son los futbolistas que se repiten entre esa noche de festejo y bronca y esta de ilusiones rejuvenecidas: Nicolás Otamendi, Ramiro Funes Mori, Messi, Di María, Guido Pizarro, Marcos Acuña y Sergio Agüero. El resto, los contagia de otra onda, más relajada.

Hay, además, una apertura notable hacia la prensa. Desde el propio astro rosarino, que se lo ve mucho más seguido brindando entrevistas a medios argentinos cuando antes parecía imposible. Ya no hay cortinas cerradas en los micros. Y la premisa es siempre acercarse a la gente que espera una foto y un autógrafo en la puerta de los hoteles (siempre que la seguridad lo permita, claro).

La Selección muestra -quiere mostrar- otra imagen, más allá del recambio de nombres. Y San Juan (también elegida para la despedida antes de la Copa América 2015: fue un 5-0 con Bolivia) funciona como una especie de espejo mágico salido de un cuento de Disney, en el que el reflejo de aquella  Selección enojada hoy, dos años y medio después, entrega una Selección entusiasmada, esperanzada en llegar lejos en otra Copa, pero principalmente en forjar un nuevo grupo que sea capaz de construir un camino con final feliz.

 

Fuente: www.clarín.com