“Es hermosa, ¡es hermosa!”, dice Diego Maradona, exultante, mago, dueño. “Me la quiero llevar a casa”, dice, justo en la antesala de los Premios The Best de la FIFA.

Es enero en Zurich, un invierno de Europa al que El Diez le pone su fuego. Y entrega, en ese inicio de 2017, una frase que dura para siempre:

Es lo más lindo que te puede pasar como jugador de fútbol. Saber cuánto pesa la Copa del Mundo. Tenerla en tus manos. Somos miles y miles de jugadores y yo fui un privilegiado de saber cuánto pesa esa Copa. Y la verdad que le agradezco a Dios por haberme hecho futbolista…

​La Copa del Mundo -en la versión de su trofeo actual- pesa poco más de seis kilos (cinco de ellos de oro puro) y tiene una particularidad que la hace aún más atractiva: no es para cualquiera. La condición de supercrack o de figura de una era no garantiza alzarla. Ni parecido.

Lo cuenta la historia.

Basta con mencionar a dos de los argentinos más destacados de todos los tiempos para entender la dificultad de aparecer en esa imagen imperecedera que cuenta a los campeones para siempre. Alfredo Di Stéfano, refundador e icono del Real Madrid y deMillonarios de Bogotá; y Lionel Messi, quizá el mejor jugador de la historia a nivel de clubes, con su Barcelona para siempre. 

Pero hay más entre muchos brillantes argentinos que construyeron su gloria ajenos a esa escena y a ese trofeo:

Guillermo Stábile, goleador de Huracán, ganó el primer Botín de Oro de la Historia. Ocho tantos en cuatro partidos en Uruguay 1930. No alcanzó. El Charro Moreno, alguna vez citado en el pedestal de Maradona, fue el gran crack de los años cuarenta junto al italiano Valentino Mazzola, figura del Torino que una tragedia áerea fulminó. La ausencia de Mundiales a consecuencia de los conflictos bélicos entre Francia 1938 y Brasil 1950 impidieron poner en escena a grandes cracks. 

Esos dos Mundiales, además, dejaron a dos estrellas estrelladas. Dos brasileños: Leónidas era un diamante negro que Europa adoró. Volaba sobre el césped, decían. Moacir Barbosa atajaba mejor que todos hasta que se transformó en verdugo involuntario de la derrota más llorada de la historia de Brasil, el Maracanazo.“Piernas con resortes, hombre sereno y seguro que transmitía confianza al equipo. Siguió siendo el mejor hasta que se retiró de las canchas, tiempo después, con más de cuarenta años de edad”, lo evocó Eduardo Galeano, quien mucho sabía de fútbol y más de las palabras.

En ese camino también hubo figuras negadas en la máxima cita: como el vasco Isidro Lángara (goleador viajero; crack de San Lorenzo), como Telmo Zarra (quizá el mejor cabeceador de la historia según cuentan sus biógrafos), como Tucho Méndez (el máximo anotador de la historia de la Copa América junto a otro gigante, el brasileño Zizinho, MVP del Mundial de 1950 para la FIFA), como Matthias Sindelar, el mejor austríaco de la historia, El Mozart del Fútbol

Just Fontaine hizo más goles que todos en una sola Copa del Mundo. Pero Francia tardó cuatro décadas en consagrarse como seleccionado en el Mundial. En esos años cincuenta, los húngaros comandados por Ferenc Puskas y Sandor Kocsis dominaron su tiempo, pero no pudieron contra la Alemania del Milagro de Berna, en 1954. 

Eusebio, hijo de Mozambique, el mejor de los nacidos en Africa, representante del Portugal colonial, hizo todo para consagrarse en 1966. Fue crack y goleador en esa Copa del Mundo. Pero ganó Inglaterra, de local. Con su gente. Con polémica.

En esos años 60, Rusia tenía a un arquero que fue paradigma: Lev Yashin. Y también hubo ganadores del Balón de Oro que tropezaron o que no pudieron llegar a la máxima cita como Raymond KopaLuis SuárezOmar SívoriJosef Masopust, Denis Law, George BestGianni Rivera… 

Los años setenta le mostraron al mundo del fútbol la revolución naranja. Pero el maestro de aquellos días, Johan Cruyff, no pudo alzar la Copa. No fue el único de los cracks setentosos como el inglés Kevin Keegan y el alemán Karl Rummenigge

En los ochenta, Michel Platini comandó a una legión francesa protagonista. Campeón de la Eurocopa en 1984, no pudo contra Italia en 1982 ni contra la Argentina en 1986. En las dos semifinales el verdugo se vestía de blanco y se llamaba Alemania. De esos tiempos también otros cracks no abrazaron la gloria universal: como los holandeses Marco Van BastenRuud Gullit y Frank Rijkaard y los italianos Franco Baresi y Paolo Maldini, también figuras noventosas. O como el español Emilio Butragueño, el danés Michael Laudrup o el portugués Paulo Futre

Y sigue la lista en los noventa y a principios del Siglo XX: Roberto Baggio, Hristo Stoichkov, George Weah, Davor Suker, Pedrag Mijatovic, Jari Litmanen, Eric Cantona, Pavel Nedved, Raúl, Andyii Schevchenko, Luis Figo, Michael Owen, Frank Lampard…

Y ahora​, en tiempos cercanos, resulta curioso pero es un rasgo de este tiempo: los dueños del superclásico individual, Messi y Cristiano Ronaldo, no pudieron saber cuánto pesa la Copa que más desean. Tampoco Neymar, presunto heredero.

Queda una duda: ¿están a tiempo?

Queda una certeza, también: la lista, claro, siempre quedará incompleta. Lógica pura: se trata de fútbol, siempre espacio de discusión…

Fuente: www.clarin.com