NIZHNY NOVGOROD, Rusia.- “Vamos con todo”, despiden fe desde el hotel al que la delegación llegó a la tarde, mientras unos 60 hinchas gritan en la puerta “que de la mano de Leo Messi…”. Al rato, Jorge Sampaoli será ambivalente, sentado en las entrañas del estadio que un día después lo catapultará vaya a saber dónde; sus palabras reflejan los vaivenes en los que se hamaca la selección: dirá que Messi “es un prócer” y también que “no puede ser responsable de un fracaso”. Un fracaso que, parece insólito aclararlo, no ocurrió, por más vueltas que dé en las cabezas argentinas.

En línea recta son 11.941 kilómetros, pero hay un hilo mucho más delicado que une la distancia entre esta ciudad y Quito: la situación límite que atraviesa la selección argentina se conecta emocionalmente con la que vivió hace ocho meses. Escenarios lejanos y parecidos, que rebotan en la cabeza de un plantel que intenta sacarse de encima una presión insoportable. Había que convivir con el miedo a no clasificarse al Mundial aquella noche de Ecuador que se saldó con un triplete redentor de Messi; hay que navegar ahora con el temor a que una derrota deje al equipo que porta al mejor de todos en el borde de una eliminación en primera rueda. ¿Quién puede calcular las consecuencias deportivas que podrán llegar?

No hay Messis y Pavones que valgan, experiencia y juventud, jerarquía mundial y atrevimiento casero, si antes no aparece una convicción de que se puede. Se respira alrededor del equipo la sensación de que los jugadores caminan por el borde de un precipicio, al que llegaron después de atravesar días enteros de turbulencias anímicas nacidas del empate ante Islandia.

La contingencia geográfica instaló este partido en la ciudad de los teatros. Son seis, que recorren estadíos que esta selección puede representar y el que pretende alcanzar: del drama y la comedia hasta el ballet. “Creemos que somos los mejores y los cargamos de presión. Entonces la camiseta pesa mil kilos, porque la sociedad les exige ganar”, aborda Federico Todeschini, que colaboró con el cuerpo técnico de “Tata” Martino durante una parte de su ciclo como entrenador de la Argentina.

Todeschini, ex jugador de rugby de los Pumas, prefiere presentarse como alguien que “transmite las experiencias vividas en el deporte”, más que como un consultor. Desde ese lugar, y por su relación con Martino, se adentró en la intimidad de la selección y convivió un mes sin pausas durante la Copa América de Estados Unidos, en 2016. Allí comprobó cuánto puede afectar a estos jugadores lo nocivo que viene de afuera: el cartel de fracasados por haber perdido finales, los memes burlones, la mirada siempre acusadora. “No son robots, son personas con sentimientos, emociones y familias que sufren lo que les pasa. Como vos o yo. Pero nos empeñamos en verlos como superhéroes”, le apunta a LA NACION desde Rosario, donde vive. Y explica cuánto se los puede ayudar si se logra establecer un vínculo, “pasar al círculo de confianza”, un espacio que tuvo que abandonar cuando Martino renunció, en medio del caos más grande de la historia de la AFA.

Aquí y ahora, la selección vive pendiente del estado emocional de Messi. Si sonríe o no, si por fin sale del bajón en el que entró después de fallar el penal ante Islandia, si le escapa al zumbido que produce su apellido en estos días en ámbitos que escapan al fútbol. “Las emociones”, explica Sampaoli mientras al lado lo escucha Marcos Acuña, “están vinculadas a las responsabilidades. Y el penal lo fallamos todos, no Leo. Es la unión lo que nos va a llevar a la siguiente fase”, enfatiza, pensando en que su mensaje viaje desde la conferencia de prensa que ofrece en este coqueto estadio a los oídos de Messi en el hotel. El 10 no dice nada, aunque sea el capitán: el sistema de rotación por números de camiseta en las conferencias obligatorias en Bronnitsy lo deja a resguardo hasta que pasen los nueve anteriores; y en las previas a los partidos decidió mantenerse al margen. Cuando abrió la boca, después del 1-1 en Moscú, se transparentó: se hizo cargo del resultado como “responsable”. Casi una autodenuncia que lo hizo encerrarse todo el día siguiente.

“Les decimos a los jugadores que todo está adentro de la cancha y no afuera”, deja en evidencia Sampaoli el problema central. Que no es “el estilo” que el entrenador quiere asentar ni cómo “jugar adelantados” para presionar a los croatas: “El esquema no gana, gana la unión”, repite. Al otro lado del mundo, Todeschini rescata lo que observó durante los ocho meses que trabajó con ellos: “Son unidos, divertidos, compañeros. Amigos. Y nadie como ellos quiere ganar, nadie. Cambiarían cualquier cosa por lograrlo”. Pero reconoce que en la Argentina se dan ventajas respecto de otras potencias en cómo ganar el partido que cada futbolista juega en su cabeza: “A ese aspecto hay que dedicarle la importancia de un entrenamiento en la cancha”, opina.

Llega la hora de la cena en Nizhny Novgorod. De pronto, “Toto” Salvio se declara ganador de un juego de mesa y le gusta que todos se enteren por las redes sociales: escracha amistosamente a Giovani Lo Celso y Gonzalo Higuaín, los derrotados. Es un signo más del paso adelante que el plantel dio en este miércoles de vigilia: desde la mañana, varios hicieron menciones públicas al día de la Bandera, que se celebró en la Argentina, una manera de salir del perfil bajo que la mayoría adoptó en los días previos. “La más linda”, escribió Paulo Dybala, como también se expresaron Gabriel Mercado, Nicolás Otamendi, Marcos Rojo, Federico Fazio… “A los croatas los vamos a correr hasta abajo de la cama”, se entusiasma alguno, con el ánimo insuflado, ya cerca de la hora de dormir. “No, qué van a flaquear. Tienen una fortaleza mental enorme, atravesaron miles de obstáculos para llegar hasta ese lugar. Pero necesitan de esa coraza que formaron para poder subsistir en el día a día. Afuera está difícil”, los comprende Todeschini.

Afuera, justo, hace frío y ya es medianoche. La que precede a un partido que la selección jugará con sus piernas y sus brazos. Pero sobre todo con la cabeza.

 

Fuente: www.lanacion.com