Los que vivían en edificios destruidos perdieron todo. Otros no pueden volver a sus casas por el riesgo de derrumbes. Duermen en refugios improvisados.

Agustina tiene un ojo morado. Carlos, los pómulos inflamados y raspados. “Él me jala y ahora sí que me avienta pero él queda ahí y se le vienen los tabiques encima”, cuenta Agustina sobre el momento en que se desplomó su hogar. Con veintipocos años y pareja, los dos perdieron el martes todo menos la vida. En las cercanías de la basílica de Guadalupe, su hogar se esfumó por el terremoto de magnitud 7,1 que hasta el momento se ha cobrado 293 vidas en México. Ahora temen que también puedan perder el empleo. “Desgraciadamente nuestro trabajo es en una casa de limpieza, y estas personas no se van a poner a ver qué pasó para dejarnos volver. No nos hemos podido presentar, a mí me pusieron collarín y no puedo tener el movimiento que hace falta para el trabajo”, explica Agustina.

Clarín los encontró en la Casa del Peregrino, un alojamiento para visitantes de la basílica de Guadalupe reconvertido en refugio improvisado para víctimas del terremoto. Después de ser atendidos por los médicos, allí les han dado cama, aseos y comida caliente. “Ahora tenemos que rascarnos con nuestras propias uñas, empezar de abajo para arriba otra vez para poder tener un lugar. A nosotros en realidad no nos pasó nada. Hay gente que falleció, niños que se quedaron atascados… nos da mucha tristeza”, dice Agustina.

Según el gobierno de la Ciudad de México, además de las aproximadamente 40 construcciones que cayeron el martes hay otras 3.848 con daños. Aunque la mayoría presenta problemas menores, hay muchas que podrían presentar riesgos estructurales y están siendo estudiadas para determinar el nivel del daño. De acuerdo con una información publicada por el diario Reforma, hasta ahora hay 2.500 personas directamente damnificadas en la capital.

Si sus casas finalmente son declaradas inhabitables, el gobierno tendrá que hacer algo por ayudarlos. Eso es al menos lo que esperan damnificados como Agustina: “No le pedimos que nos regale sino que nos proporcione una casa que poco a poco uno pueda pagar”. Si el terremoto que devastó a la ciudad otro 19 de septiembre de hace 32 años es parámetro, esa ayuda no está garantizada. En 1995, diez años después del temblor que terminó con la vida de 10 mil personas, aún era posible ver carpas de desplazados en la capital mexicana.

Con la casa en pie pero en riesgo de derrumbe estaba este viernes Johana, una madre de 5 hijos (de entre 2 y 12 años) que decidió mudarse al refugio del Deportivo Mina, en Colonia Guerrero, por miedo de que se les cayera encima con otro temblor. No quiso sacar nada de su departamento, dice, “porque lo más importante es la vida de los hijos”. Además de la posible pérdida de su hogar, su familia enfrenta estos días la incertidumbre de la falta de trabajo. “Mi esposo cuida carros y estos días no tiene nada de trabajo, no hay escuelas, primarias ni secundarias y por eso no tiene trabajo, dicen que lo suspendieron tres días pero quién sabe hasta cuándo”, explica.

En un país con 63 millones de pobres como México (datos de 2016 del Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social), la debilidad en la estructura edilicia no es el único riesgo cuando llegan los temblores: los que menos tienen son también los menos protegidos frente a los robos de los que aprovechan el momento de confusión. De 49 años, Leticia García llegó al mismo refugio que Johana después de que su casa fuera desvalijada el martes. “Se ve que los bandidos pensaron que me había pasado algo en el centro y aprovecharon. Tenía las camas, una mesita, la estufa, el tanque de gas y la ropa, y se lo llevaron todo”. Con su marido, deambuló por terminales de ómnibus hasta que el jueves alguien les habló del Deportivo Mina. “Ahorita estamos un poco así desconcertados porque no sabemos qué vamos a hacer, ¿si vamos a la casa y vuelven a entrar? Ese es nuestro temor”.

Arrullados por la música de un violinista (también voluntario) capaz de adaptar “Despacito” a las cuatro cuerdas, los niños eran los únicos que parecían pasarlo bien en el refugio. Mientras sus madres lavaban a mano sábanas donadas por un hotel cercano, ellos jugaban con un grupo de voluntarias a crear dinosaurios de plastilina, pintar mandalas y tejer pulseras.

César, psicólogo de la Universidad de México, se ofreció como voluntario con un grupo de colegas para enseñar a los niños a convivir y distraerlos con juegos. “Acá no se sabe cuánto tiempo más van a estar y más vale que se lleven bien”, explica. ¿Y la perdida de su casa cómo les repercute?, preguntó Clarín. “La casa les da un sentido de pertenencia, de identidad, y ahora que se han tenido que ir es muy duro. ¿Cómo sería si tu casa estuviera inhabitable? ¿Qué harías? Es un proceso de duelo fuerte”.

 

Fuente: www.clarin.com/mundo

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