Brasil acaba de confirmar que siempre se puede estar un poco peor. El brutal atentado contra el candidato ultraderechista Jair Bolsonaro es otro lastre que aún debe ser evaluado en su real magnitud dentro de la crisis que acorrala a la mayor economía de la región. La gravedad de este suceso constata, en principio, hasta qué extremo se han corrido los límites. En Brasil ha habido antes violencia política. En marzo desconocidos balearon el ómnibus de la caravana de Lula da Silva. Y ese mismo mes en Río la mafia acribilló a la concejala de izquierda Marielle Franco. Pero no había antecedentes de un atentado contra un candidato presidencial. Aun más notorio si se tiene en cuenta que este postulante encabeza con cierta amplitud las encuestas.

El atacante de Bolsonaro parece ser un psicópata que revolea su admiración por el venezolano Nicolás Maduro y “un deber divino” para efectuar el crimen, pero ese perfil dislocado no aminora la excepcionalidad del suceso. Menos aún sus efectos con vistas a las cruciales elecciones del 7 de octubre. No hay dudas de que el ataque aminorará en el electorado los rasgos más grotescos del candidato, un líder racista y ultranacionalista, y le devolverá una solidaridad que aumentará su oportunidad electoral. Ese efecto reducirá el alto indice de rechazo del postulante que ronda el 40%. Bolsonaro contaba con una exigua cantidad de minutos para su campaña televisiva gratuita, central en un país donde la mitad de la población no accede a Internet y el camino tradicional es básico para persuadir a los votantes. En especial ahora con las restricciones para el financiamiento de las campañas debido a los escándalos de corrupción. Nótese como ejemplo que uno de sus principales rivales, el ex gobernador de San Pablo Geraldo Alckmin, suma 44% de esos espacios de difusión por la alianza que armó con un puñado de partidos de centro . Este drama ha resuelto esa brecha de un modo inesperado. Con el agregado que sus competidores, por corrección política, retiraron los anuncios que lo atacaban por su misoginia y xenofobia.

Sería ya quizá claro, entonces, hacia donde se encamina Brasil. La reacción de la Bolsa de San Pablo, inmediatamente después del atentado, con una suba de 1,46% indica esa percepción. Los brokers interpretaron que Bolsonaro tiene el camino pavimentado. No les asusta el postulante. Su principal consejero es el economista liberal Paulo Guedes, un monetarista respetado por los mercados y que será, según la revista Veja, su seguro ministro de Economía.

Este trasfondo trágico no resuelve el eje principal de por qué se ha instaurado como favorito un dirigente con los antecedentes de Bolsonaro. Este diputado con 30 años de carrera parlamentaria se encaramó como favorito después de que la Justicia bloqueó las aspiraciones de Lula da Silva. La partidocracia tradicional, incluso el propio PT o el PSDB, la fuerza del ex mandatario Fernando Henrique Cardoso que postula a Alckmin, marchan bien abajo del 22 o 23 % que reúne Bolsonaro y no es claro cual de ellos alcanzará la segunda vuelta.

Las razones de la consolidación de un líder ultrarreligioso y homofóbico que defiende con ardor la mano dura militar e imita la pasión del filipino Rodrigo Duterte por la represión, son semejantes a las que explican alrededor del mundo la creciente oleada populista neofascista. Los brasileños están frustrados y la política no los satisface. Ese reproche contra el sistema no es por el arresto de Lula como suponen los partidarios del ex jefe de Estado, sino por el derrumbe de la economía nacional y la de sus bolsillos y por los extraordinarios escándalos de corrupción, procesos en los cuales el PT ha tenido graves responsabilidades. El año pasado, apenas el 13% de la población reconocía estar satisfecho con su democracia. Se comprende. Desde 2014, Brasil viene deslizándose en una pendiente recesiva que ha destruido riqueza y empleos y encogido el PBI en más de 8%.

La “clase C”, ese 30% de los brasileños que durante el primer gobierno de Lula da Silva, con el viento de cola y el tirón chino, ascendió al sector medio de consumo de la sociedad se fulminó como si no hubiera existido. Y la otra clase media tradicional perdió capacidad de acumulación y movilidad social. La reacción a esa agonía es el alineamiento con discursos mesiánicos que prometen soluciones inmediatas e improbables. Bolsonaro tiene esa narrativa que desparrama sobre toda la gama de las calamidades nacionales, desde la resolución de la violencia que desangra a Río y al resto del país, la extendida pobreza o la crisis social que acorrala a los brasileños. Ese desvío se acentúa en un país donde hay marchas callejeras que reivindican la pasada dictadura militar, una inclinación que se advierte también entre sectores de trabajadores como en la pasada huelga de camioneros. El compañero de fórmula del dirigente ultraderechista, el general Hamilton Mourao, no tiene empacho en celebrar ese enorme retroceso al afirmar, sin generar escándalo, que un golpe militar seria la solución hoy para los males brasileños. No sorprende que las candidaturas de ex militares en todas las fuerzas hayan crecido 257% para esta elección respecto a las de 2010.

El sueño de una potencia que superaba a Gran Bretaña y se sentaba como una igual junto a China y la India, se diluyó durante el gobierno de Dilma Roussef, el tercero del PT. Los esfuerzos de la mandataria, amparada por Lula, para mantener la sensación de consumo pese a que la condiciones habían cambiado, acabó por contraer la economía a casi cero en el último año de esa presidencia. La reelección agónica frente al PSDB de Aecio Neves, llevó a Dilma, con Lula en la trastienda, a intentar un giro a la ortodoxia con el fichaje del principal asesor de su adversario, el monetarista Joaquim Levy. Pero la presidente había consumido su respaldo y sobrevivía con menos de 10% de aprobación. Su destitución en 2015 se debió a esa incapacidad ejecutiva. No había cargos reales en su contra, salvo el evidente de que, como ex responsable de Energía y luego jefa de Estado, no pudo dejar de ser cómplice aun por omisión del mayor escándalo de corrupción de la historia de Brasil, el Lava Jato.

La gestión de su vicepresidente Michel Temer, elevado con fórceps a la primera magistratura, fue otro fallido de quienes apostaron a la crisis para destruir el bipartidismo entre el PT y el partido de Cardoso. De eso se ocupó mejor la justicia al correr a Lula de la campaña electoral. Pero, entre tanto, la economía apenas se recuperó. Hoy, Brasil termina el año con una deuda publica equivalente a 77% del Producto y en ascenso, alto déficit fiscal y un deterioro persistente de la moneda.

En los escenarios estancados crece de todo, también en la política. Este comicio renueva la Cámara Baja y dos tercios del Senado. La mayoría de los legisladores están involucrados en denuncias de corrupción, de ahí que 91% de los diputados buscarán la reelección como protección personal, consignó O Estado. Y pueden lograrlo. No habrá un Parlamento diferente al actual, avisan los especialistas.

El cambio real debería venir desde la presidencia. Si Bolsonaro llega a la segunda vuelta, es probable que el resto de los candidatos se unan para bloquearlo y gane Alckmín o el petista Fernando Haddad o Marina Silva. Pero ¿cómo será la gobernabilidad apoyada en una alianza efímera y con los costos sociales que requerirá cuadrar la economía? Además, con un marco internacional que agrava el infortunio de los emergentes. La misma incógnita cabe si Bolsonaro, con su oportunismo, llega al Planalto. El vecindario regional debería ser hoy mucho más que ilustrativo para Brasil.
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