El 7 de diciembre de 2018 la asociación Médicos Sin Fronteras (MSF) anunció que no haría más rescates en el Mar Mediterráneo con el buque Aquarius por «los continuos ataques de países europeos contra la tarea de búsqueda y rescate» de refugiados. «Este es un día oscuro, Europa no solo falló en apoyar las tareas de búsqueda y rescate, también saboteó activamente los intentos de otros para salvar vidas», dijo entonces Vickie Hawkins, jefa de MSF en Inglaterra. Y en un diálogo con el diario The Guardian, destacó que «el final del Aquarius significa más muertes en el mar, más muertes evitables que no serán recordadas ni anotadas».

El Aquarius, que era operado por la asociación S.O.S Mediterranée, junto a los médicos de MSF, salvó más de 29.000 personas desde el inicio de sus tareas en el Mar Mediterráneo, en febrero de 2016. Estaba anclado en el puerto francés de Marsella desde septiembre de 2018, ya que Panamá le prohibió usar su bandera. Era «un problema político» para ese país, según la Autoridad Marítima Panameña, aunque en esos días se habló también de «presiones» del gobierno italiano.

Legalmente, la «bandera de registro» de un país es indispensable para navegar. En agosto, el Aquarius había perdido la bandera de Gibraltar, de modo que Panamá  era su última posibilidad. Hacia enero de 2019 había cambiado de nombre y bandera para volver a trabajar como un barco de exploraciones marinas y prospección petrolera para el operador Jasmund Shipping, que tiene su base en Bremen, Alemania. Hoy su nombre es Aquarius Dignitus y navega con bandera de Liberia, suele anclar en el puerto de Cádiz.

Sin duda, el Aquarius  encarnaba una utopía humanitaria. Sin embargo, fue bautizado en 1977 en astilleros de Bremen con el nombre de Meerkatze, destinado a ser un guardacostas alemán diseñado como un rompehielos liviano, de 77 metros de largo. Debería cuidar los cardúmenes de peces en el Mar del Norte y el Mar Báltico. Hacia el año 2009 fue comprado en Bremen por la empresa RS Research Shipping, se lo bautizó como Aquarius y se registró con la bandera de Gibraltar. Hasta finales de 2015 fue un barco de exploración para la industria petrolera. Y luego apareció la gente de S.O.S Mediterranée, una asociación no gubernamental con base en Berlín y Marsella, creada en junio de 2015 por el marino alemán Klaus Vogel junto a la activista francesa Sophie Beau.

La leyenda dice que el veterano capitán Vogel creó S.O.S Mediterranée porque en su juventud fue testigo del viaje desesperado de los «boat people», aquellos miles de ciudadanos de Vietnam que se lanzaban al mar en la década de 1970 huyendo de la guerra hacia países vecinos. Vogel pensó en el Aquarius después de que la Armada de Italia prohibió en 2014 las operaciones de rescate de un barco suyo, el Mare Nostrum.

Hubo quien celebró aquel 7 de diciembre de 2018. Matteo Salvini, el ministro del Interior italiano, decía que el Aquarius era «un servicio de taxi» que traía indeseados  inmigrantes africanos desde las costas de Libia hacia los puertos de Italia.

La política oficial italiana era y es que los inmigrantes rescatados en el mar debían ser devueltos a Libia por el servicio de guardacostas libio. Pero las organizaciones humanitarias como S.O.S Mediterranée, MSF, Amnistía Internacional y ACNUR (el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados), han destacado que estos inmigrantes sufren terribles abusos en Libia, donde su vida depende de la voluntad de las bandas de traficantes de personas.

Al respecto, bastaría con recordar la aventura del Aquarius a comienzos de  junio de 2018, cuando Italia y Malta se negaron a admitir el desembarco de 629 personas rescatadas por esta nave junto a otros dos barcos, el Orione y el Dattilo. Luego de varios días de incertidumbre, los tres buques fueron aceptados por España y atracaron en el puerto de Valencia el 17 de junio. A bordo del Aquarius venían migrantes de 26 países de Africa, entre ellos había 123 menores, 11 niños y 7 mujeres embarazadas. Al menos 15 migrantes tenían quemaduras por la combinación de sal marina y nafta, usada para impulsar los precarios botes de motor que habían naufragado en el mar.

Según los datos de S.O.S Mediterranée, el Aquarius hizo más de 170 operaciones de salvamento y otras 64 de transbordo, recibiendo a inmigrantes rescatados por otros buques. En condiciones climáticas normales, el Aquarius tiene capacidad para 500 personas, pero cuando hay mal tiempo (que impide llevar pasajeros en la cubierta) solamente puede alojar 100 personas. Sophie Rahal, una de las administradoras de S.O.S Mediterranée, opina que varios gobiernos europeos tienen una «voluntad de complicar el trabajo de los barcos humanitarios como el nuestro». El Aquarius era uno de los escasos barcos que cumplían tareas hasta 2018. Según esta asociación, en los primeros meses de 2019 el barco Sea Watch 3 no podía salir de Catania, en Sicilia, «por razones administrativas», aunque pudo desembarcar a 47 refugiados luego de esperar 13 días en el mar. Otro buque, el Open Arms, no recibía permiso para salir del puerto de Barcelona. El Aita Mari no podía salir del puerto español de San Sebastián. Y el Lifeline estaba bloqueado en la isla de Malta.

En el año 2018 más de 2.000 personas murieron en el cruce desde las costas africanas hacia Europa , según la  Organización Internacional para las Migraciones (IOM, por sus siglas en inglés). Un informe de la ACNUR fechado en septiembre de 2018 aseguraba que el cruce es cada vez más peligroso.

Vincent Cochetel, enviado especial de la ACNUR para la zona central del Mar Mediterráneo, le decía a la BBC que «el tráfico de personas es más peligroso porque los traficantes toman más riesgos, dado que hay más vigilancia de la guardia costera de Libia. Los traficantes tratan de bajar costos. Para ellos es más costoso retener a los migrantes en tierra firme como cautivos». O sea que para los traficantes es más barato lanzarse al mar. Los pasajeros son mercadería perecedera, así es.

Cada día de operaciones en mar abierto le costaba al Aquarius unos 11.000 euros, aportados por donaciones privadas. En 2017, la asociación S.O.S Mediterranée tenía un presupuesto de 3,4 millones de euros, casi un millón y medio más que en 2016. La tripulación del Aquarius rondaba las 30 personas, entre profesionales médicos y navegantes, que rotaban cada tres semanas cuando el barco atracaba en puerto. La mayoría de las personas rescatadas eran nativos de Nigeria, Libia, Sudán y Somalia, además de países más lejanos como Irak, Afganistán o Pakistán. 

La ley del mar es universal y muy clara: todo capitán de barco está obligado a rescatar a un náufrago. Sin embargo, desde comienzos del año 2019 la Organización Internacional para las Migraciones informó de 144 muertes en las rutas marítimas del centro del Mar Mediterráneo. «Pero esa cifra no tiene en cuenta a todos aquellos que desaparecieron en el mar sin testigos. De hecho, los testigos se han transformado en personajes incómodos. Porque ellos no solo dan auxilio y asistencia, también dan su testimonio», dice la gente de S.O.S Mediterranée.

Un informe reciente de la ACNUR que lleva el nombre de «Desperate Journeys» (en inglés, «viajes desesperados») asegura que en 2018 un promedio de seis personas moría diariamente tratando de cruzar el Mar Mediterráneo. La guardia costera de Libia hace su trabajo, lleva a los inmigrantes rescatados a las costas africanas, donde quedan librados a su suerte. Ante esa realidad, las asociaciones no gubernamentales como S.O.S Mediterranée opinan que «estas prácticas violan las leyes marítimas internacionales y los derechos humanos, pero continúan siendo financiadas por la Unión Europea».

Los que aún creen en la utopía humanitaria encarnada en la historia del Aquarius, recuerdan en cambio que la ley establece que todo capitán está obligado a rescatar a un náufrago.

Pero la realidad es cruel. Cada día de navegación comercial cuesta dinero, miles de dólares que las empresas navieras se arriesgan a perder si sus barcos no pueden entrar a puerto. Y el capitán de un barco mercante que rescate náufragos indeseables en estos días en el Mar Mediterráneo se arriesga a no poder entrar en los puertos de Italia y la isla de Malta, entre otros países europeos.

Ante esa incertidumbre, para muchos capitanes pesa más fuerte la lógica económica. Así, la realidad es que los náufragos quedan librados a su destino entre las olas. Y por eso, desde las páginas de S.O.S Mediterranée aseguran que ya están en la búsqueda de otro barco y otra bandera, para volver a su trabajo. La idea, como siempre, es salvar vidas y dar testimonio de lo que sucede cotidianamente en estos días en el Mar Mediterráneo. 

Fuente: www.clarín.com