A Morena el recuerdo le quedó grabado. Tenía 13 años y fue de visita a la casa de una amiga. «Había mucha paz. Nunca había visto a una familia feliz, como en las películas», rememora. Era el contraste con su casa y creía que en verdad una familia tipo era la suya. Su papá le pegaba a su mamá, a su hermana y a ella. Las sometía, amenazaba y hostigaba todos los días. Eso era para ella una familia. Un año después, en una actividad en su colegio sobre bullying le permitió  contarle a una profesora lo que sufría y desde ese día no volvió más a su casa.

Pero también dejó a su familia y desde entonces está sola. Morena tiene hoy 18 años recién cumplidos y hace cuatro vive en una casa convivencial con otros niños, niñas y adolescentes que por distintos motivos –siempre vinculados a la vulneración de sus derechos– están alejados de sus familias.

Su papá tiene una prohibición de acercamiento y con su mamá no se ve hace tres años. La única relación familiar que mantiene es con su hermana, un año más grande, pero es distante.

«Ya me acostumbré a no esperar casi nada de nadie y es bastante triste», le cuenta Morena a Infobae. Se acostumbró pero no se resignó. Hace tres años pidió ingresar al «Programa Abrazar» para tener un referente afectivo. Se trata de voluntarios que de alguna forma apadrian a los menores y adolescentes alejados de sus familias para actuar como sostenes, llevarlos de paseos, estar presentes en los momentos malos, tener una charla. Ser el soporte que no tienen.

Pero en estos tres años no hubo propuestas de referentes para Morena. Recién la semana pasada inició un proceso con una profesora de su hogar, después de la difusión de la situación que atraviesan otros niños y adolescentes como ella que hizo la Defensorìa General de la Nación y que género la inscripción de cerca de 400 personas en el programa Abrazar.

«Quiero contar mi historia para que le sirva a otras personas: cómo es tener 18 años y estar sola», dice Morena que charló con Infobae durante dos horas. Morena no es su verdadero nombre. En esta nota se preservará todo dato que pueda identificarla. El nombre lo eligió ella: «Me encanta Morena».

Triste y paz, repetirá Morena muchas veces durante la charla. Es lo que prevalece de sus viviencias. Y así es como habla, con paz y tristeza. También con dulzura. La charla transcurre en una de las salas del hogar. Lo que vivió en sus pocos años lo procesó con las herramientas que pudo tener pero que le permiten explicarlo con claridad. «A veces me siento muy triste y me quedo escuchando música. Me siento demasiado sola. Se me juntaron todos los problemas. Bajones, el futuro, extrañar a mi hermana, pensar por qué no están conmigo mis amigos», enumera. Nada distinto a cualquier adolescente pero sin un sostén que la acompañe.

Ella recuerda que vivió momentos felices con su papá. «A los seis años, cuando él volvía de trabajar con mi hermana íbamos corriendo y nos abrazábamos. Nos traía alfajores y chupetines. Pero después todo se vino abajo», cuenta Morena.

Ese después fue cuando su papá se quedó sin trabajo, se enfermó y su mamá tuvo que salir a trabajar. Comenzó a surgir la tensión con el dinero y esa tensión se convirtió en violencia física y psicológica hacia las tres mujeres de la casa.

«Nos pegaba y nos amenazaba. Cualquier cosa lo ponía nervioso. Todo tenía que ser perfecto. Nos obligaba a las tres a hacer las cosas de la casa y me relegaba en todo. Me decía que no podía tener amigos ni novio y que a la escuela se iba solo a estudiar», cuenta. Y agrega: «Tampoco nos dejaba ver a la familia de mi mamá y teníamos que pedirle permiso para salir. Controlaba a dónde íbamos, con quien, la plata, todo».

Así durante años hasta que en el colegio de Morena se hizo una jornada sobre bullying y violencia. La charla la animó a contarle a una profesora que unos compañeros la hostigan y de ahí había un pequeño paso para llegar a lo que vivía en su casa. «Largué todo, fue un alivio», recuerda con alivio.

La profesora la llevó a dirección, donde intervinieron los abogados del colegio y después el Consejo de los Derechos de Niñas, Niños y Adolescentes del gobierno porteño.

-¿Queres volver a tu casa? – le preguntaron.

-No – fue la respuesta de Morena a sus 14 años.

Y desde ese día no volvió a estar en su hogar. La primera noche la pasó en un Centro de Atención Transitoria (CAT). «Se me hizo larguísima, no podía dormir y tenía miedo que vengan mis papás», recuerda.

Al mes su mamá fue a visitarla. «Ella me decía que mi papá quería pedirme disculpas. Pero yo no quería verlo, me daba miedo», cuenta de ese reencuentro y que desde entonces la relación con la madre quedó «tirante». «Me hace mal verla porque la ultima vez que la vi ella estaba mal», explica. Hace tres años que no la ve. Con la única integrante de la familia que tiene relación es con su hermana pero no es fluida.

Primero, Morena estuvo nueve meses en el CAT. Había logrado dejar atrás la violencia de su casa y no se arrepiente de la decisión. Pero lo que vendría también iba a ser duro. Era la soledad. No podía ir al colegio porque sus padres la iban a buscar. Después pudo ir pero con un acompañante del CAT para cuidar que no tenga contacto.

Luego pasó a vivir en uno de los hogares convivenciales. «Los días son agotadores», cuenta. Convive con otros 20 chicos de entre 11 y 21 años, con todo lo que eso significa. Gritos, peleas, música alta, una televisión encendida que nadie ve. Poca privacidad y para ella mucha soledad: «Casi todo el tiempo estoy medio triste y poca gente se da cuenta cuando estoy mal. Pero ya me acostumbre a estar así».

Al año de irse de su casa, Morena se enteró de la existencia de los referentes y pidió ingresar. «A los chicos que tienen referentes los veía más acompañados y no tan preocupados. Todos los fines de semana salen o los llaman por teléfono y les cuentan sus cosas», relata sobre sus compañeros. Pero no surgió ningún voluntario para ella. Del Consejo trataron de localizar a otros familiares pero no encontraron y ella tampoco conocía. Y llegó un momento que se resignó: «Y me las arreglé sola. Yo me sostuve, me abracé a mi misma».

El programa Abrazar comenzó a funcionar en 2017 y le permite a los chicos de 10 a 21 años contar con un referente afectivo. Son voluntarios que se inscriben para acompañar a los chicos durante su etapa en los hogares. Los referentes sirven como sostén –tanto emocional como económico- y para acompañarlos cuando dejen los hogares.

«Vemos que el chico que tiene un sostén individual le permite otra subjetividad y otro enlace con la comunidad, además de mejores posibilidades de egreso. Los que no lo tienen dependen del personal del hogar que tiene un trato grupal. El referente trata a un chico en particular. Cuando existe un referente la potencialidad del chico crece mucho más. Y vemos también que el chico tiene otro estimulo cuando espera el fin de semana para salir con su referente», le explicó a Infobae Maria García Morabito, coordinadora de la Comisión de Seguimiento del Tratamiento Institucional de niños, niñas y adolescentes de la Defensoría General de la Nación, un organismo judicial que no depende del gobierno porteño. La Comisión hace un control de los 31 hogares convivenciales de la ciudad de Buenos Aires y 17 de la provincia que dependen del gobierno porteño.

En esos hogares viven actualmente 763 niños, niñas y adolescentes (370 varones y 393 mujeres), según datos oficiales. Hoy hay 43 chicos sin ninguna clase de referentes. Las situaciones más complejas con la de los adolescentes. «Los referentes quieren vínculos con chicos más pequeños que no tengan los conflictos y las necesidades de los adolescentes. Los casos más complicados son los de referentes para adolescentes o que tengan algún problema de salud o de discapacidad», señaló Morabito.

Para ser referente afectivo hay que cumplir ciertos requisitos: tener más de 18 años, no estar inscripto en ningún registro de aspirante de adopción y hacer un taller de capacitación.

Los chicos ingresan a los hogares por decisión del Consejo ante la violación de alguno de sus derechos. Puede ser desde violencia física, abandono, y que sus familias no puedan hacerse cargo. Muchos no tienen un referente voluntario pero sí un familiar que los visita y los acompaña. No es el caso de Morena.

A Morena le gustan muchas cosas. «Todo lo que me desconecte de lo triste».Salir con amigas, ir a jugar al pool, al cine, a centros culturales y hacer yoga. Mucho la naturaleza, el aire libre y el silencio. «Estar en paz», resume y así habla, con mucha paz. Pero lo que más le gusta es el canto, lo que le gustaría estudiar. Por eso escucha música. «Lo que tenga linda letra», aclara, tacha de la lista a la cumbia y al reggaeton y le gustaría conocer un boliche de música electrónica.

También estudia. Va tercer año a la tarde. Pero quiere cambiarse a la mañana porque dice que el día no lo rinde y así terminar pronto la secundaria para empezar a trabajar. También para estudiar en la universidad, aunque todavía no sabe qué pero seguro algo relacionado a lo artístico o a la naturaleza.

A principio de mayo, Morena cumplió 18 años. Cuando era chica se imaginaba a esa edad viviendo sola con hermana. La noche anterior a su cumpleaños lloró mucho. «No quería festejar nada pero en el hogar me organizaron una fiesta con guitarras, cajón peruano, así que le puse onda. Y me prendí y cantamos y la pasé muy bien», dice con una sonrisa.

«En un referente  poder ser yo misma y confiar en ese persona. Estar acompañada, divertirme, contar con esa persona si me siento mal o sola»,cuenta con deseo.

Hace una semana una profesora de yoga del hogar empezó el proceso para ser la referente de Morena y ya se vivieron una vez. «Estoy entusiasmada y llena de dudas. Me da miedo encariñarme. Pero me motivó mucho que alguien se haya interesado por mí. Quería contarlo y no sabía a quien y por otro lado no porque no quería que se pinche», dice casi exaltada, con la adrenalina de cuando se está feliz.

Pero después de esperarlo tanto tiempo sabe que no va a ser fácil: «Me va a costar recibir amor. Cuando me dicen algo lindo no lo acepto. Cuando me demuestran amor pongo una barrera. En mi casa no recibía un abrazo, un cariño. Cantaba y nadie me escuchaba».

-¿Qué te gustaría que te pase?

-Estar en un colegio que me sienta bien. Levantarme a la mañana con ganas de hacer cosas, que me motiven. Empezar canto, tener más onda con la referente, empezar a trabajar y estar un poco en paz. Dejar de pensar en el pasado, sentirme bien, no tener que preocuparme tanto. Y a los 21 años irme a vivir con mi hermana.

Fuente: www.infobae.com