Los hinchas de River despidieron el partido con un atronador “equipo chico la puta que te parió”, el mismo hit que habían estrenado a los 23 minutos del primer tiempo, cuando las intenciones de su rival ya estaban a la vista. El grito de guerra, en un Monumental exclusivo y con 70.000 personas, encerraba bronca y frustración. Los globos negros, el lado A del repertorio elegido para la ocasión (“tomala vos, dámela a mí, el que no salta murió en Madrid”) anunciaban una celebración que no se pudo concretar.

Estuvo el marco, faltó el cuadro.

Es que a la luz del resultado, muchas veces tramposo pero siempre inmodificable, se puede decir que Alfaro le ganó la batalla táctica a Gallardo. El técnico de Boca imaginó un partido en el que un Andrada superprotegido sostuviera su arco invicto y se metiera en la historia con un nuevo récord. Un Boca que defendió con diez jugadores. Mezquino, sí. Pero en esa idea de arriesgar muy poco estaba implícito el riesgo: que saliera mal.

Su primera decisión, polémica para el afuera aunque lógica desde el planteo táctico, fue dejar en el banco a Tevez. Visto el dibujo en la cancha, no había lugar para este Carlitos. El 4-4-1-1 elegido por el entrenador sorprendió por la posición de Soldano como volante por derecha, atento a las subidas de Casco, y la de Capaldo, estampillado con Enzo Pérez para cortarle el inicio de juego a River. Y con Hurtado abandonado a muchos metros de sus compañeros. No era un diseño para el Apache.

Se asumió muy visitante, Alfaro. Se resignó a no tener la pelota y a que la salida siempre fuera larga con pelotazos de Andrada, dejando al equipo local sin la posibilidad de imponer su eficiente presión. Su primer córner fue a los 37 minutos, pero nadie vestido de azul y amarillo se puso colorado. Nunca tener la pelota fue una prioridad para Boca.

¿Falló el gran estratega Gallardo? La respuesta es no. Es cierto que no sorprendió, más allá de arriesgar a un Nacho Fernández que estaba en duda por una molestia y volver a poner a Pratto entre los titulares. Y es cierto que no encontró variantes para penetrar la trinchera rival. En rigor, a River le falló algo que no suele fallarle: el peso de sus individualidades. Conceptualmente el equipo fue el de siempre, pero esta vez le faltó el desequilibrio que suelen marcar , alternativamente, Nacho Fernández, Palacios, Borré, Pratto y en los últimos tiempos De La Cruz.

Entonces, ganó Alfaro. Siempre considerando el mínimo margen que da un cero a cero.

El ajedrez táctico que propuso el técnico de Boca tuvo una movida en el arranque del segundo tiempo. No sería la última. Soldano cambió de lado, siempre como volante más de marca que de juego, Mac Allister fue sobre Enzo Pérez y Capaldo se corrió a la derecha.

En ese comienzo de esa segunda etapa River tuvo tres situaciones propicias: Palacios al minuto, Martínez Quarta con una media vuelta a los 4’ (la más clara) y otra vez Martínez Quarta, ahora de cabeza, a los 6’.

A esa altura, la presencia de Andrada ya era un certeza que no se iba a modificar. El arquero de Boca fue figura sin grandes atajadas, pero también sin dar rebotes y transmitiendo una sensación de imbatibilidad notable. En su contra, la irritante (e innecesaria) costumbre de eternizar cada saque de arco.

El Superclásico parecía que se abría, cuando Mac Allister aprovechó una salida sucia y remató cruzado a los 7 minutos del segundo tiempo, pero fue un espejismo. Alfaro siguió moviendo piezas y funciones con cambios que mostraban la ilusión (lejana) de convertir un gol. Primero Villa ingresó por el abandonado Hurtado, de manera que Soldano pasó a jugar de centrodelantero, su tercera posición en la tarde. El colombiano entró bien y fue el único jugador de Boca que logró trasladar la pelota de defensa a ataque cambiando de velocidad, pero jugó apenas media hora.

Luego Reynoso reemplazó a un De Rossi aplicado pero incapaz de aportar alguno de los buenos pases que lo caracterizan. Bebelo quedó como segunda punta retrasada hasta que Tevez suplantó a Mac Allister y el zurdo tuvo que pararse como volante por izquierda.

Los cambios de River no tuvieron efecto, más allá de algún chispazo de Matías Suárez. Quedaron sí buenas sensaciones por los rendimientos de Martínez Quarta y Enzo Pérez.

Se puede decir que fue un round de estudio de cara a las semifinales de la Libertadores, en un mal Superclásico. Y que esa sensación de triunfo por puntos de Alfaro no garantiza nada, porque ni siquiera se puede afirmar que haya mostrado todas las cartas, ante las ausencias de jugadores importantes como Wanchope Abila y Salvio. ¿Qué le queda a Gallardo? Afinar detalles, buscar variantes para desordenar a un equipo que defendió sin sonrojarse, aunque sabe que no hay dos partidos iguales.

 

Fuente: www.clarín.com