Consumada la victoria de su equipo, sabía lo que le iba suceder. Se sacó la camiseta, el short, y quedó cubierto apenas por las calzas térmicas. Se sentó en un banco del vestuario junto a los otros debutantes y esperó. Los integrantes del plantel superior del club comenzaron a invadir los camarines entonando las canciones con las que alientan al equipo y munidos de un arsenal de bebidas alcohólicas, que les dieron a los novatos en cantidades industriales para marearlos.

Mientras los “homenajeados” tomaban por iniciativa propia (y si alguno quería pisar el freno, lo disuadían para que siguiera bebiendo), con un cuchillo comenzaron a cortarle el pelo y las cejas. mientras sus compañeros giraban a su alrededor, le pegaban con fuerza en la espalda, en los hombros, en el pecho (al punto de dejarle marcas no perecederas); algunos incluso lo escupían.

Uno de los referentes del grupo ensayó una cascada con la botella de cerveza, le abrió la boca, lo obligó a beber del manantial sin parar, aunque la capacidad de su boca se viera rebalsada. Tiempo después se enteró: el elixir estaba contaminado; algún simpático lo había mezclado con un poco de orina.

La escena transcurrió entre risotadas que festejaron la estudiantina salvaje, sin almas proclives a ponerle punto final a la inquietante escena. “Es como un ritual. El que está ahí quizás no se da cuenta, no la pasa mal, el tema de estar en pedo te ayuda a sobrellevarlo más”, explica el protagonista de la historia, que prefiere resguardar su nombre, como la mayoría de los que prestan testimonio en esta nota. “Una vez que termina esa parte estás más liberado y viene el tercer tiempo, donde te hacen tomar más de lo normal para que termines quebrando”, completa.

La descripción sirve como prototipo de lo que representa un rito de iniciación en el rugby. Dependiendo del grupo, de la tradición del club, de la manera de manejarse de los referentes del plantel, y del grado etílico de los presentes, el bautismo tiene matices, variantes, mayor o menor saña. Al debutante también lo pueden disfrazar, por ejemplo, de mesera, y que continúe prestando servicios de mozo en el tercer tiempo, para estirar el calvario. Eso sí, a modo de recuerdo, el inolvidable momento queda inmortalizado en un video que rara vez circula en las redes sociales; pasa a manos del agasajado (por si no llega a recordar algún pasaje) y para el regocijo del grupo.

El asesinato de Fernando Báez Sosa -protagonizado por una patota de 10 rugbiers en la puerta del boliche “Le Brique” de Villa Gesell- provocó que varias instituciones, jugadores y ex jugadores se pusieron a reflexionar acerca de las prácticas y tradiciones del deporte.

El Biguá Rugby Club de Mar del Plata, por caso, directamente tomó decisiones terminantes: eliminó “por completo” la ingesta de alcohol en los terceros tiempos, y desterró cualquier tipo de práctica de iniciación o bautismo que contenga acciones violentas y/o invasivas, dentro y fuera del club, lo cual incluye viajes y giras.

“Recogiendo el guante de lo ocurrido y sintiendo el terrible dolor de la familia de Fernando como propio, sin culpar al rugby al 100%, pero sí haciendo mea culpa de la parte que nos toca, nos gustaría seguir fomentando los valores y buenas costumbres que tiene este deporte”, rezó el comunicado.

Los valores de los que habla Biguá y el espíritu colectivo del rugby, esencia del juego, quedaron manchados por el brutal ataque en manada que terminó con la vida de Fernando, pero también por la trompada a traición del rugbier uruguayo Giano Bernardi al argentino Alejo Iturrieta en una fiesta electrónica en Punta del Este (le provocó fractura de mandíbula); o por el grupo de rugbiers del Club Universitario de La Plata que alegremente compartía imágenes sexuales de una joven obtenidas sin su consentimiento.

Los ritos de iniciación en el rugby, cuando los jóvenes son promovidos al plantel superior, marcan una de las tradiciones oscuras de este deporte que pide a gritos el destierro, o al menos una reformulación profunda. Violencia, humillación y hasta escenas de abuso habitan en los bautismos.

Luego de la brutal agresión del rugbier uruguayo que se hizo viral, Julián Princic, productor de contenidos digitales en un canal deportivo y ex jugador de rugby, se levantó invadido por la indignación y se sentó frente a la computadora. “Lo sentí como un acto de cobardía”, subraya.

Y escribió un hilo en su cuenta de Twitter que se transformó en viral y que tuvo una segunda ola de popularidad cuando sucedió el asesinato de Fernando en Villa Gesell. Allí contó sus vivencias en su paso por la disciplina en un club de Paraná. “Voy a hablar de mi experiencia con el rugby, deporte que me fascina, que consumo, que practiqué durante gran parte de mi vida y que, a su vez, veo como un refugio de hombres que necesitan reafirmar su masculinidad constantemente. Bautismos, abusos sexuales, peleas bolicheras y más”, prologó su desglose, que consiguió casi 90.00 RT y 43.000 Me gusta.

Allí, sobre los ritos de iniciación, narró: “Los bautismos son rituales para forjar la personalidad. O al menos eso se cree. Yo vi con mis propios ojos abusos como palizas atroces a chicos desnudos y objetos metidos en el culo. Rehusarse no es opción porque el castigo será peor. La excusa es que se hace esto para emular situaciones traumáticas en las que te veas obligado a sacar esa personalidad superadora y salir adelante. Como si la vida no tuviera esos momentos. No debería ser tarea de nadie causar sufrimiento con motivo de dejar alguna ‘enseñanza’. Porque es ahí donde encuentran respaldo los violentos. Se crea un entorno en el que los golpes son moneda de cambio, en el que los putos son motivo de burla y las minas son un objetivo. Entorno ideal para muchos cavernícolas”.

En diálogo con Infobae, Princic contó que dejó el rugby a los 20 años, cuando se mudó a Buenos Aires para estudiar. Un año antes tuvo su rito de iniciación. “Yo narré los bautismos del año que estuve en el plantel; parte de eso me pasó a mí. En ese año, no me llevé lo peor. Vi compañeros que recibieron bautismos peores. No quise profundizar. El que sufre el bautismo entra en la vorágine hostil del ‘yo la pasé mal y ahora le toca al que viene’; es una herencia en la hostilidad”, explica.

Julián apoya los proyectos de ley o las iniciativas que buscan prevenir este tipo de situaciones violentas. “Todo tipo de regulación en estos casos va a ser beneficiosa, de no tener observación alguna a esto, es una avance. En un plano ideal, se podrían mantener cuestiones tradicionales, pero que no lleven a dañar o ridiculizar a la gente. Hablamos de ritos en los que se divierta el que bautiza y el bautizado. Un periodista el otro día me decía que los bautismos le hacían acordar a lo que pasaba en el servicio militar con los chicos. Y es verdad”, apunta.

“Mi intención fue poner el tema sobre la mesa, que se debata un poco. Yo utilizo mi experiencia personal, pero no profundizo en lo que me pasó a mí. Es algo generalizado y sucede en un montón de clubes. El rugby es un deporte que está estigmatizado desde hace bastante y duele mucho, pero debería ser un llamado de atención a los altos dirigentes para que tomen medidas. Esto generó una estigmatización extrema y es momento de hacerse cargo. El que pierde es el deporte. Y lo bueno que tiene el deporte queda en un segundo plano. Sé que a los que no son violentos les duele caer en la bolsa de los violentos, pero tienen la responsabilidad de no haber hecho nada durante mucho tiempo. Y yo me incluyo en ese grupo”, concluye con un nivel de autocrítica saludable.

Los testimonios más crudos, con mayor nivel de detalle, piden la cobertura del anonimato. Infobae dio con detalles de los ritos de diferentes clubes y de diferentes zonas. Por ejemplo, en una tradicional institución de Capital Federal, tienen su propio ritual. “Se pone música en el vestuario y se le pone un disfraz al que debutó; en su momento, por ejemplo, el elegido era el de enfermera. Se lo hace bailar y, a medida que llega la noche, se le dan desafíos. Por caso, se le exige que cuente chistes. Si el chiste es bueno, se lo aplaude. Si es malo, se le pega fuerte, o se lo hace tomar más. Los golpes son duros, con una tabla de madera en la espalda. Y a veces se pasan, se les pega con los tapones de aluminio de los botines. Se les corta el pelo, se les hace desastres en la cabeza a los novatos. Al final se le canta una canción, ‘sólo le pido a Dios, que -el nombre del bautizado- juegue para siempre’”, aporta la fuente.

A veces la actualidad o los eventos que se llevan la atención pública proponen cambios en la ceremonia. “En el año olímpico hicimos pruebas con conos, una vez que ya habían tomado bastante los novatos. El que lo hacía en menos tiempo zafaba, o de lo contrario tenía que seguir chupando. Hubo algunos que terminaron corriendo en pelotas en el medio de un partido”, acota.

Claro que hay oportunidades en las que el nivel etílico elimina los límites; el frenesí del momento o la explosión de testosterona llevaron algunos bautismos a un terreno de riesgo extremo. Uno de los homenajeados terminó ocho horas inconsciente en un auto. Otro no aguantó el castigo y culminó tres días internado. El padre, indignado, se acercó al club para elevar el reclamo formal y los ritos de iniciación se suavizaron… por unos meses.

En un club de zona norte advierten que los novatos deben soportar que les froten los miembros y el trasero en el rostro. En medio de la golpiza, las víctimas reciben una ración de hielo en los testículos. Incluso hablan de que en alguna oportunidad instaron a que un juvenil tuviera que ponerse un guante de goma y masturbara a uno de los referentes de la plantilla. “Llamarlos ritos es algo violento. Supongo que pasaban antes, que es algo viejo que ya no existe. Lo que viví yo era tomar un poco más de alcohol, pero nada más”, le dijo Tomás De Vedia, ex centro del SIC y de Los Pumas, a Tiempo Argentino a fines de diciembre, colocándoles el rótulo de leyenda a los bautismos más radicales.

En otro club histórico de zona Sur también corren historias que certifican que a la hora de los ritos todo tiempo pasado fue peor. Hablan de una ceremonia titulada «el sacacaca”, en la que uno de los pilares o el hooker de la Primera se colocaba un guante de látex y le introducía al debutante el índice o el dedo mayor en el recto. “Se dice que duró hasta que uno de los capitanes de Primera dijo: ‘Esto no se hace más’”, aporta un ex jugador.

El rol de los capitanes, o de los referentes de los grupos, es un factor trascendente en el cambio de paradigma. O en la virulencia del rito. “El capitán es clave. Los entrenadores no se meten. Es más, ni entran al vestuario en ese momento”, asegura otro rugbier.

En 2016 se hizo viral un video de un bautismo, supuestamente de Berazategui Rugby Club (que negó la pertenencia de los participantes). El jugador que pegó el salto al plantel superior tiene a dos compañeros con la dentadura prendida de su retaguardia. A otros se los escucha contar los segundos del mordisco. ¿El objetivo? Determinar el nivel de resistencia. Y que, claro, los dientes dejen su debida huella en las nalgas del “homenajeado”. La filmación generó polémica, reclamos… Y otra noticia la tapó. Y los ritos de iniciación continuaron, encapsulados bajo el nombre amable de “tradición”.

Pero lejos están de serlo. Y provienen desde tiempos inmemoriales. Un veterano integrante de un club del Sur de la provincia de Buenos Aires acepta que en su época también presenció situaciones ásperas. Que también “dependía de los grupos”. “Era heavy, la podías pasar mal”, aporta. Pelar a los novatos, o dejarles algunas matas de pelo sueltas (una costumbre que el rugby comparte con el fútbol) resultaba light, un detalle que ganó fuerza en las últimas décadas.

La “cagada a palos” atraviesa todas las generaciones, pero también lo hacen los castigos más crueles. Las “maldades”, tal como las describían, podían llegar a una depilación “pero no con cera, con cualquier cosa”, a dejar atado y desnudo al debutante en algún lugar del predio de la institución… “A veces dependía de cuán mamados estaban”, ofrece el contexto.

Ahora bien, ¿ningún jugador apela a reaccionar ante la degradación en continuado? “Sí, siempre hubo reacciones. Pero te conviene tomarlo como algo que va a pasar. Es normal dentro del rugby. Si reaccionás por ahí es peor, porque te doblegan entre varios y quedás indefenso”, profundiza la voz de la experiencia.

Hubo y hay algunos intentos de gambetear el martirio. “Me enteré de padres de chicos de preintermedia o intermedia que, sabiendo que podían subir al hijo al plantel superior, iban a hablar con el entrenador para intentar que el bautismo no fuera tan grave. El entrenador hacía lo que podía… Y después se hacía el boludo”, concluye.

Lucas Martinez, ex jugador de Lomas Athletic, Pampas XV y el Castres de Francia, ofrece una reflexión en primera persona que sirve para comprender el sentir de un apasionado por el deporte que lo formó y la huella que deja el rito de iniciación, que a todas luces debería tener otra concepción.

“Lo que uno considera respecto a los bautismos en los clubes es distinto a lo que uno consideraba cuando todavía no había sido parte del ritual. Es fuerte, se lo vive con una alegría muy grande, porque en el caso de Lomas se hace sólo si el equipo gana ese partido y de local; recién ahí se hace. Lo vivía como algo lindo, hasta que me tocó estar ahí. No la pasé bien, uno queda con marcado. En el caso de Lomas te sacan las cejas, te cagan a palos. Es algo que lo vivieron todos los que les tocó debutar antes de mí. No sé si es verdad el mito de que antes eran más duros; yo no vi algo más duro. Hoy se sigue haciendo. Con mi punto de vista de hoy que es opuesto, lo último que hice como jugador con el que debutaba fue darle la mano y felicitarlo, que era lo que me faltó a mí cuando me tocó debutar. Estaba todo el mundo más pendiente de cagarme a palos en vez de de decirme lo que me hubiera marcado, que era decirme felicitaciones por llegar a Primera y llegar al objetivo. Es parte de la sociedad, porque cuando alguien se recibe en la facultad le tiran huevos… Es como una cierta humillación social ya estandarizada. En el rugby o en el deporte, es hasta con violencia física, no deja de ser una humillación delante de todos… No estoy de acuerdo, pero es una tradición heredada”, sentenció.

Tal vez su mirada, valiente y surgida desde las entrañas del rugby, sirva para comenzar a desterrar una costumbre arcaica, rancia, que no tiene ninguna relación con el espíritu del deporte.

Fuente:www.infobae.com