Gustavo Fernández es el primer argentino en conseguir el título de singles sobre la hierba de Wimbledon, pero recién se dio cuenta cuando ese reconocimiento llega a sus oídos. «Me lo traés a la cabeza, no lo había pensado», dice sonriendo. «Es una locura y no entiendo qué pasa. Todavía tengo la adrenalina alta, tal vez cuando baje pueda disfrutarlo».

El trofeo quedó en manos de su familia, dos sobrinos y el hijo del entrenador, que se apropiaron de ella y no consigue recuperarla. Su sonrisa es muy amplia, está en Disney, «es un sueño hecho realidad», dice al ser premiado y lo repite cuando se abraza con su familia, con su equipo y, también, cuando va camino a la Sala de Conferencias.

Gustavo Fernández llega custodiado,  el que lo sigue de cerca cual granadero es el encargado del control antidoping que lo persigue a sol y sombra, hasta el preciso lugar en donde nos juntamos a hablar de su gran triunfo en Wimbledon.

«Todavía no lo puedo creer», repite Gustavo Fernández, cuando ingresa a la pequeña sala blanca, con una única pared decorada, la del fondo, con los colores y motivos del torneo.

Son muchos años de esfuerzo que se le transforman en realidad. «Es una locura, una verdadera locura –repite y debe serlo-. Todavía no pude ni caer de lo que está pasando, pero estoy muy contento de haber logrado lo que logré y por todo el trabajo mío y de mi equipo durante tanto tiempo. La verdad es que es un sueño hecho realidad, así que a disfrutarlo ahora, porque costó mucho», reconoce el cordobés de Río Tercero.

Toda tu familia se acomodó en el box. Padre (Gustavo), madre, hermano (Juan Manuel, juega básquet en Trieste), novia (Florencia) y los sobrinitos, los fans lo hicieron en las redes sociales.

— ¿Te genera mayor presión o cómo la llevás?

— De hecho, elimino las redes sociales durante los torneos importantes, porque genera presión, por más que uno lo maneje mejor o peor, afectan la concentración, así que trato de no estar conectado con todo eso, porque he comprobado que no chequear esas cosas me hace bien, no me genera presión extra y manejo mucho mejor las emociones. Entonces, muy enfocado en eso. Ahora, cuando llegue al hotel y pueda bajar las redes, lo voy a disfrutar, porque también es parte, es un extra (y suelta una carcajada).

«Gusti», lo prefiere a «Lobito», es muy profesional en lo suyo, tiene su rutina y se enfoca en lo que debe hacer. Su disciplina le permite mantener la concentración y manejar los nervios de esa manera. «Están, pero los estuve manejando muy bien esta semana», dice. «En Australia fue una locura, estuve totalmente desbordado de emociones y me costó. El hecho de haber ganado me sirvió para relajarme un poco más y tomarlo con más naturalidad. Por eso, tanto en Roland Garros como en esta semana, estuve muy prendido en lo que sí tenía que hacer y tratar de ir paso a paso, porque es muy fácil ilusionarse», cuenta con total honestidad. Pero la pregunta apunta más a si se puede dormir la noche previa a un match tan importante. «Pensé mil cosas antes de irme a dormir de todo lo que podía pasar, pero había que enfocarse en el paso a paso y que todo se dé como se tiene que dar. La verdad es que dormí bastante bien anoche».

Una sonrisa pícara delata que esconde algo, y en su novia Florencia está la respuesta. «Bueno, también le estuve metiendo tecito relajante, porque eso es bueno. Mi novia me aconseja qué tomar. Eso sí, nada de bebidas cola ni cafeína, para poder dormir mejor, porque cuando le metés un poquito de algo, ¿sabés adónde se va todo?» Se sincera el campeón de Wimbledon entre más risas. Está más que feliz, sabe que ha dado un paso muy importante en su carrera, que sirve como ejemplo para los demás, algo que él tomó de Shingo Kunieda, su adversario en la final.

— Kunieda fue tu inspiración, tu ídolo, tu compañero de dobles, tu rival en esta final. El póster en la pared de tu cuarto…

— Era -interrumpe abruptamente-. Era, porque si yo quería ganar este tipo de cosas, debía perderle el respeto en la competencia. Lo tomamos de medida, él fue el que subió la vara en tenis en silla y mostró que se podía jugar a otra cosa y es el máximo campeón de la historia, un excelente competidor y una persona que te impulsa, dentro de la cancha, a ser cada vez mejor.

Como dijo Djokovic, él como Federer y Nadal juegan para llegar a las instancias decisivas, medirse allí y ver quién es mejor. Del mismo modo, y sin saberlo, Gustavo repitió el pensamiento. «El desafío entre nosotros es saber quién es mejor y tratar de superarse, y si gana el otro felicitarlo porque se lo mereció. Nos gusta el desafío, la competencia de tratar de ver quién es mejor ese día. Después, si sale o no sale como queríamos, volvemos a trabajar de vuelta y a prepararse para el resto, que es lo que estamos buscando», explica los objetivos con claridad.

Por ese respeto el abrazo final en la red, allí en donde el japonés hizo gala de su buena relación con el argentino y lo felicitó «con sinceridad».

Cuando aparezca el próximo ranking, Gusti volverá a ser el N°1 del tenis adaptadoy, en el US Open (septiembre), buscará lograr el Grand Slam, poniendo una vara muy alta para quienes vienen por detrás. El lo sabe y reconoce que trabajó para esto. «Fui a buscar subir mi nivel para lograr este tipo de cosas. Y lo digo con orgullo que estoy tratando de elevar el nivel. Shingo me ha exigido cada vez más y disfruto intentar superarme, por más de que no lo pueda lograr. No sé si después jugaré mejor o peor, pero yo lo voy a intentar. Por eso, trato de aprender y de seguir siendo el mejor tenista que yo pueda ser».

Del otro lado de la puerta hay un chiquito de 11 o 12 años — Gustavo se da vuelta y mira el cerramiento que separa la sala del pasillo— es cordobés y se llama Gustavo Fernández, ¿qué tiene el campeón de Wimbledon para decirle?

Gusti vuelve su rostro, se le enciende la sonrisa y se le cristaliza la mirada. «Confiá en vos qué… –hace una pausa, mira a la mesa, se estrangula la voz-. Confiá en vos, como lo hiciste hasta ahora –su voz se fortalece-. Porque, tarde o temprano, todo llega».

Gustavo Fernández vuelve a ser el N°1 del tenis adaptado, pero su lucha ha ido más allá de una posición en el ranking que se atrevió a derribar barreras. Gusti, el «Lobito», es un ejemplo de esfuerzo y respeto al deporte.

Fuente: www.infobae.com