Era domingo a la noche y la mayoría cenaba en sus casas, tratando de escaparle al frío invernal. En el bar «El Abuelo» había cuatro hombres jugando al truco. Cada cual con su ficha, válida por un vaso de vino, de 25 pesos. Uno de ellos era Luciano Daniel «Turco» Elía (37), changarín. Y uno de sus rivales, Cervando Salvador «Chango» Romero (51), peón rural, padre de dos hijos.

En los pueblos del interior no existe la gente sin apodos. Incluso hay algunos que los tienen aunque ellos nunca se enteren. Así pasa en La Dulce, una localidad de casi 2.200 habitantes, a unos 60 kilómetros de Necochea, adonde la actividad agrícola-ganadera es el motor del desarrollo.

Su nombre formal, Nicanor Olivera, concedido por la familia de los terratenientes que ocupaba la zona a principios del siglo pasado, perdió la «batalla» con el popular, La Dulce, por la estación de trenes que así se denomina desde 1907.

El boliche está ubicado a cien metros del deteriorado asfalto de la ruta provincial 85, por la cual se llega desde la 86, en una calle de tierra donde los ladridos de los perros «musicalizan» las noches.

Hay una regla: si se entra con cuchillos, hay que dárselos al dueño, que los guarda detrás de la barra, por prevención. Las discusiones, con algunos tragos de más encima, pueden terminar mal. Pero Elía no suele andar con el manual de códigos en el bolsillo. Sus antecedentes hablan por sí solos.

Una «falta envido» le puso rápido fin al desafío. Nadie se esperaba lo que pasaría segundos más tarde. Discutieron si se terminaba el partido o si al haberla cantado en la primera mano sólo valía siete puntos.

«No nos vamos a andar peleando por 25 pesos«, se anticipó la futura víctima tras un intercambio de palabras. Elía, disgustado por la derrota y con una bronca de arrastre con su rival, sacó de entre sus ropas un cuchillo -de 20 centímetros de hoja- y le aplicó un puntazo en la ingle al ganador de la contienda. Le cortó la arteria femoral y el peón moriría desangrado.

Cuando «El Chango» caía al piso y «El Turco» blandía el puñal manchado de sangre, todos se aterrorizaron. «Ahora vengan si quieren«, les advirtió a los demás. Un joven se tiró atrás de la barra. Nadie lo siguió a Elía cuando cruzó la puerta para escapar.

La huida fue breve. A los 45 minutos se entregó en el destacamento policial de La Dulce. «El problema que hubo en el bar, fui el responsable«, confesó Elía. Era 7 de julio. El crimen sacudió la calma del lugar, en el mismo pueblo que en 1994 adquirió la categoría de «Pueblo Solidario» porque durante una presentación del Coro Kennedy, en el imponente CEF N° 17, los vecinos lograron que fuera la localidad del país con la mayor proporción de donantes de órganos.

 

Fuente: www.clarín.com