El calendario avisa que quedan apenas dieciséis días de campaña. Operadores y consultores del oficialismo y del frente con eje kirchnerista estudian y releen encuestas que, coinciden, proyectan una polarización extrema ya en las PASO. Curioso: es lo que buscaban y es lo que ahora mismo les genera mayor desafío y angustias. La pelea que resta es por franjas cada vez más reducidas. ¿Cómo deshilachar hasta el máximo a las terceras fuerzas? ¿Cómo interpretar a los votantes que se mantienen en esa poco precisa categoría de indecisos? La respuesta sería segmentar, sectorizar, casi personalizar aún más la campaña. En eso trabajan a tiempo completo en estas horas.

Hay otro elemento saliente y de apariencia contradictoria. En los tableros de campaña se trabaja –realmente mucho- en el diseño de publicidades y la tarea de los candidatos, pero el producto es una campaña que hasta ahora no registra señales de entusiasmo. Quizás eso no sea motivo de preocupación, aunque no pasaría inadvertido el componente más primario de esta disputa: la base misma de una polarización en la que no sobresalen propuestas sino más bien predomina el volumen de rechazo y recelos que provocan los principales candidatos.

Lo más singular de este cuadro podría sintetizarse en dos puntos, aunque no agotan el tema. El primero, es el carácter prematuro que tendría la polarización, si se confirman los pronósticos de las encuestas, porque anticiparía en las elecciones primarias un fenómeno que inevitablemente produce el sistema de ballotage en el tramo final del camino. Y el segundo es el peso potente de las debilidades que expone cada fuerza.

La cuestión de los puntos más vulnerables está en el eje de las campañas, para cubrirse y para dar batalla. En trazos gruesos, las consecuencias de la crisis económica impactan en Mauricio Macri. La dupla Alberto Fernández-CFK arrastra sus problemas: el registro de las gestiones de la ex presidente y los interrogantes sobre el poder real en la fórmula, con proyección mayor en la hipótesis de un triunfo. Eso, en parte, estaría asimilado, difícil de remontar. Se trataría ahora de una campaña «finita», dicen, por los puntos que podrían resolver la disputa.

El oficialismo, en esa línea, va a lanzar en estas horas una seguidilla de spots breves, muy precisos en su contenido, nada genéricos, que pueden centrarse en una obra, un aspecto de la seguridad o el diálogo, en contraposición explícita o sugerida con el pasado kirchnertista. Junto con eso, se mantiene la actividad diaria de difusión de mensajes de Macri muy específicos, con casos individuales y personalizados, a través del enorme tejido de las redes sociales.

En realidad, hay una mezcla de elementos tradicionales, otros ya no tan novedosos y algunos de estreno: propaganda tradicional y actos, publicidad en redes, y mensajes más focalizados en grupos y redes para entrar en lo que denominan la «conversación» con la gente. En medio de todo, algunas prácticas de siempre: informes regulares, al menos una vez por semana, de los equipos de campaña de cada provincia para ajustar publicidad y presencias. También, indicaciones a funcionarios, no a todos, para dar las batallas mediáticas. Y trabajo territorial: Macri concentrado en las provincias de la franja central –hoy está volviendo a Córdoba, fuente vital en su estrategia- y también en Buenos Aires. Y un trabajo, muy valorado internamente, de Miguel Angel Pichetto, en el norte, en el sur y en los medios.

Algo similar y a carga personal hace María Eugenia Vidal en la provincia. Con participación de sus funcionarios en algunas peleas mediáticas, con despliegue en continuado atendiendo entrevistas y con acompañamiento de otros referentes activos, entre ellos Horacio Rodríguez Larreta, Elisa Carrió y Martín Lousteau, últimamente. Eso, por supuesto, sumado a las redes, la publicidad tradicional y las recorridas a la vieja usanza, con eje en el GBA y distritos fuertes, como Mar del Plata y Bahía Blanca.

También Alberto Fernández se ajusta a la división de estrategias territoriales y las actividades diferenciadas o dirigidas a distintos grupos sociales y franjas por edad, junto al trabajo sobre redes y los recursos de propaganda más clásicos, incluidos la cartelería callejera. Allí, en los afiches más que en otros frentes, está sintetizado el intento de personalizar la publicidad y dar la idea de la marca Frente de Todos por encima de los trabajosos acuerdos para sumar socios –en especial Sergio Massa, por ahora de perfil medido- y alinear gobernadores.

La cuestión territorial es un punto central para Alberto Fernández, luego de las fuertes jugadas de la ex presidente para evitar la afirmación del peronismo federal, finalmente desmembrado. La mayoría de los gobernadores se encolumnó. Algunos jefes provinciales enviaron avisos de escasos recursos de campaña -jugados en sus propias reelecciones- y hay recelos sobre la real voluntad de campaña de varios, más allá de los apoyos declarados y las fotos. Como sea, eso obliga a Alberto Fernández a un despliegue personal agotador, sumado a su condición de virtual jefe de campaña, fuente de algunas críticas pero no de malestar hacia afuera. Los actos con sello CFK corren por una decisión personal que lo trasciende, más allá de los contactos y balances con el Instituto Patria.

Suena simplificador resumir la búsqueda de votos en las franjas menos favorables con un par de actos. Por ejemplo, las recientes promesas de Alberto Fernández a jubilados o la actividad de Vidal junto a Lousteau con universitarios. Tampoco alcanza con el trabajo en distritos «ajenos» o difíciles.

En todo caso, esos gestos exponen linealmente la inquietud más de fondo: captar votantes que podrían volcarse a favor en segunda vuelta –precipitar ya en las PASO la opción final-, apuntar a votantes de fuerzas rezagadas en esta carrera –en especial, la tercera vía que intenta reanimar Roberto Lavagna- y desentrañar los componentes de desilusionados, desinteresados o enojados con todos que integran el rubro de los «indecisos», para hacerles llegar una oferta renovada y específica. Eso explicaría también esta suerte de microcampaña.

Por supuesto, no todo depende del diseño calculado. Hay desde datos objetivos hasta tiros en el pie. Ayer mismo, fueron difundidas las cifras sobre el castigado consumo, señal de una economía con graves problemas para recuperarse. Cifras, aún para discutir en sus desagregados, ilustrativas para la carga opositora. Un terreno electoral que el oficialismo sabe que es el más árido para sus planes, pero que no deja sólo para los candidatos. Nicolás Dujovne acaba de cruzar a Alberto Fernández y antes, en Buenos Aires, el ministro Hernán Lacunza había hecho lo mismo con Axel Kicillof. Nada está fuera de programa.

La fórmula del Frente de Todos arrastra sus propias cruces. Dos ejemplos de los últimos días. Cristina Fernández de Kirchner potenció las sombras de su posición ante los medios con una carga ominosa sobre Luis Novaresio, a raíz de una recordada entrevista de hace dos años, señal rencorosa, además. Y complicó de manera sonora el discurso extendido sobre las pymes y su papel económico y social, con la referencia despectiva a las marcas «pindonga».

Un agregado inesperado lo hizo la massista Mirta Tundis, que en un giro para reafirmar la alianza con el kirchnerismo repuso un tema que incomoda al candidato a presidente, al punto de atribuirlo a periodistas que buscan apremiarlo: la relación con CFK. «Estoy con Alberto y no con Cristina y el que va a mandar es Alberto», dijo la legisladora.

Todo estos factores estarán en juego de acá al viernes 9 de agosto, día límite de la campaña. Serán jornadas intensas para los candidatos, con la mirada puesta en la aceleración del final.

Fuente: www.infobae.com