«Aproveché esos minutos que me tocaron contra Qatar», dice Marcos Acuña al borde de la cancha principal de entrenamiento del predio del Fluminense, donde la Selección Argentina se prepara para los cuartos de final. Unos minutos antes, Lionel Scaloni lo había puesto para el bando de los titulares en lugar de Giovani Lo Celso, por el sector izquierdo del mediocampo. El Huevo conoce mejor que nadie eso de aprovechar las oportunidades para que el destino lo vaya premiando.

Cuenta el periodista Sergio Arregui, oriundo de Zapala, la ciudad neuquina donde nació Acuña, que «el Huevo jugaba en las inferiores de Don Bosco, que actualmente es el campeón del fútbol neuquino, pero había dejado de ir a entrenarse para irse a un equipo de la liga local de Zapala. Igualmente, todas las tardes, Marcos se trepaba al paredón del club y miraba los entrenamientos de sus excompañeros. Hasta que un día, Gabriel Rouret, entrenador de ese equipo y hoy padrino de la hija mayor de Acuña lo vio y le gritó que se acercara a entrenarse con ellos. El Huevo no se animó, le daba vergüenza. Entonces Gabriel le grito: ‘Vos tenés que decidir qué hacer, si venís de este lado del paredón donde estamos los que te vamos a acompañar y a apoyar o te quedás del otro lado’. Por suerte, saltó para el lado corecto».

Ahí, en el frío de la Patagonia, alguna vez un árbitro paró un partido a orillas del río Aluminé para preguntarle el nombre a ese zurdito de 11 años que la estaba rompiendo para anotarlo. «Yo no sé mucho de fútbol, pero este pibe va  a jugar en Primera», le dijo el juez al técnico que le había consultado porqué había frenado el juego abruptamente. Ese es Marcos Acuña, el que fue de menor a mayor en su carrera, sin saltarse peldaños, quemando todas las etapas y aprovechando las oportunidades. Esas que lo fueron llevando a Ferro, donde vivió en la pensión a la que todavía vuelve cada tanto a comer asado con los juveniles y a sortear camisetas y botines; luego a Racing; después al Sporting de Lisboa; que lo hicieron jugar el Mundial de Rusia; y que ahora lo encuentran aquí, en Brasil, otra vez ante la chance de ser titular con la camiseta de su país.

«Los 23 tenemos posibilidades de ingresar y de jugar. Yo estoy entrenado para ganarme un lugar, no tengo asegurado que vaya desde el comienzo», dice quien se inició como lateral izquierdo y luego se fue adelantando en el campo para mostrar su mejor versión como volante. Más allá de que no lo confirme, Acuña estará el viernes en el Maracaná desde el arranque.

«Yo puedo aportar lo que ya vieron. Entré en el segundo tiempo contra Qatar y di todo. Por suerte salió bien. Aproveché esos minutos que me tocaron. Yo quiero tratar de ayudar al equipo para que todo salga de la mejor manera», comenta el futbolista que en la última temporada en Portugal disputó 45 partidos -todos de titular- y marcó un gol.

La búsqueda de Scaloni es equilibrar el mediocampo y también dar una lucha por las bandas, donde Venezuela puede lastimar con sus rápidos hombres. «Venezuela es un equipo muy fuerte, lo sabemos. Nos preparamos para enfrentarlo y para poder obtener un triunfo que nos meta en la semifinal. Ellos tienen jugadores muy rápidos arriba y hay que cuidarse de eso. Estamos trabajando para intentar frenarlos porque son veloces en ataque», admite Acuña, que con la Argentina suma un total de 19 compromisos, sin tantos. Y avisa: «¿El 1-3 en Madrid? Es diferente. Ahora tenemos un equipo muy distinto. No será igual. Eso era un amistoso y esto es algo más importante».

Acuña da respuesta cortas. Su timidez no lo deja explayarse demasiado. Dice lo justo y necesario. Y eso le alcanza para dejar algo en claro: «Estamos mejor que al inicio de la Copa. Ojo, hablo del juego, porque en lo anímico siempre estuvimos bien».

Con 27 años, Marcos Acuña tendrá ahora una nueva oportunidad que aprovechar en el legendario Maracaná, ocupando un lugar en el mediocampo celeste y blanco. Y para eso asegura prepararse porque sabe que, al cabo, todo se trata de eso, de no dejar nunca de ser el pibito de Zapala que saltó del lado correcto del paredón.

 

Fuente: www.clarín.com