El invicto de más de tres décadas en el campo amistoso estuvo a un paso de derrumbarse. Pero Alemania, cómplice, condescendiente entre distracciones, prestó su colaboración para sostener esa tendencia que indica que si no hay nada trascendente en juego, la Argentina no pierde contra la Mannschaft. Por un peligroso filo transita la selección de Lionel Scaloni: los resultados la engañan. Resultados que no explican ni escoden su déficit de funcionamiento, su estilo titilante. Ni el tercer puesto en la Copa América en suelo brasileño fue real, ni el 4-0 contra México reflejó la realidad de aquel partido, ni este empate en Dortmund se afirmó en argumentos confiables.

La propuesta sigue sin ser reconocible porque vive sujeta a correcciones. Mientras Alemania jugó con tensión, la Argentina trastabilló al borde de la goleada. Solo cuando los locales se desentendieron del clásico, la Argentina se asomó y se encontró con un empate impensado. Después de más de un año y 18 partidos del ciclo, ni la propuesta ni los intérpretes están definidos y la sensación de plan experimental se extiende mucho más de lo aconsejable.

Cualquier acierto de Scaloni en la segunda etapa estuvo atado con sus equivocaciones originales, cuando una Alemania alternativa, casi un tubo de ensayo de Joachim Löw entre tantos ausentes y un par de debutantes -por diferentes razones, le faltaron 14 futbolistas-, la atropelló con el titiritero Joshua Kimmich, la potencia del lateral Lukas Klostermann, el escurridizo Serge Gnabry y un estilo tan ordenado como sagaz y letal. Después de poco más de veinte minutos, los locales gobernaban dos goles arriba, con la Argentina aturdida, un manual de errores rubricado por Marcos Rojo y una marcha repleta de descoordinaciones y falta de apoyos.

«Supimos cambiar y entender el partido», aceptaría luego el entrenador. Saludable autocrítica porque asume su desenfoque inicial. En esta sorprendente etapa de aprendizaje al comando de la selección, el entrenador no abandona una práctica que se acentuó desde la Copa América: malas lecturas, cambios desacertados y rectificaciones. Probar, equivocarse y corregir siembra desconfianza si se prolonga en el tiempo. Esta vez invirtió la carga con respecto a las sustituciones inexplicables de la Copa América: ahora falló en la puesta en escena y más tarde llegaron las enmiendas. «De eso se trata en estos partidos, de madurar», agregó en su análisis. Y sonó autorreferencial.

La Argentina no tropieza contra Alemania en un amistoso desde 1988. A partir de entonces se encadenaron siete ensayos, con cinco victorias y dos empates. Los mundiales, se sabe, son de exclusivo dominio alemán: 1990, 2006, 2010 y 2014, póquer germano. Apenas un dato curioso. Los maquillajes son traicioneros, la reacción del seleccionado hay que interpretarla en un contexto. A los diez minutos de la segunda etapa, otra ágil construcción alemana, vertical y con pocos pases, dejó a Emre Can solo de cara a Marchesín. Acertó el arquero ante la definición del ayer zaguero de Juventus. Hubiese significado el 3 a 0, por eso convendrá medir el auténtico valor del renacimiento.

Es cierto que creció la agresividad, la contextura física y el despliegue bajo un reposicionado dibujo 3-4-3. Lucas Ocampos, Marcos Acuña y Alario trajeron desde el banco otra determinación. Mejoró Paredes después de un manejo intermitente en la primera etapa. Quedó más arropado el mediocampo y la selección se animó a presionar más arriba. Pero, especialmente, la Argentina necesitó que Alemania comenzara a distraerse, a despreocuparse por el juego que entendió resuelto. El mérito del equipo albiceleste fue olfatear ese desánimo o subestimación. Centro de Acuña para el cabezazo goleador del revulsivo Alario, cómodo en un teatro de su Bundesliga de todos los domingos. Diagonal de Alario para el derechazo con chanfle de Ocampos -rozó ligeramente en Emre Can, suficiente para tomar al arquero Ter Stegen a contrapié- e insospechada igualdad en Dortmund. Las tres modificaciones rindieron para camuflar las fallas primitivas.

Hubo dos Argentina. Desconcertante, significa que no se afirma el plan. Insinúa, decepciona y reacciona porque algunas piezas demuestran carácter y rebeldía. Su identidad intenta abrirse paso entre revisiones, desaciertos y nuevos ajustes del cuerpo técnico. Si alcanzar la categoría de equipo de autor encierra un elogio para ese entrenador, la Argentina es un buen ejemplo con el significado invertido: el seleccionado lleva el perfil de un director técnico en construcción. «En estos partidos lo que más importa es el rendimiento», admitió Scaloni. En un clásico con trampa, el entrenador no podrá fascinarse con el resultado que rescató en Dortmund. El empate que salvó un invicto irrelevante es apenas anecdótico para una selección que no consigue despegarse de la etapa refundacional.

 

Fuente: www.lanación.com