Muy rápido se quemaron todos los papeles.

Corrían dos minutos de juego, el olor a pólvora de los fuegos artificiales no se había disipado aún y la defensa de Boca no era esa fortificación que había mostrado un mes atrás en el mismo escenario. También eso se olfateaba.

Ya se había revolcado Andrada ante un remate de De La Cruz, cara a cara, algo que parecía impensable a la luz del recuerdo de la Superliga. Un primer round a favor de la intensidad sobre el blindaje.

Fútbol, en definitiva. El “siempre” y el “nunca” deberían gozar de menos prestigio ya que fallan tanto como las encuestas. River y Boca empezaban a escribir una historia distinta: ningún partido es igual a otro.

Entonces apareció su majestad el VAR. A su manera, tal vez sudamericana, se tomó tres minutos en avisarle al árbitro que un cruce de Mas sobre Borré merecía una sanción. Cuestión que el penal se pateó casi cinco minutos después de la infracción y a los 7 minutos empezaba otro partido.

Se volaron los apuntes, sí. Ni Gallardo ni Alfaro imaginaron un arranque semejante. Por lo que se había visto hasta allí, Boca no tenía pensado replicar con fotocopia lo hecho en el 0-0 del 1 de septiembre. Parecía pararse unos metros más adelante, se mostraba más confiado en sus posibilidades ofensivas y menos preocupado por atrincherarse.

Los resultadistas dirán que lo pagó caro. Pero lo que más caro que pagó fue su falta de reacción y su carencia de un plan alternativo. Tuvo más de ochenta minutos para recuperarse o para intentar algo diferente a los pelotazos largos hacia Wanchope.

River en cambio salió a hacer lo que más sabe y más le gusta. Atacar. Sin misterios. No hubo esta vez un toque mágico de Gallardo, aunque la fidelidad y la confianza en una identidad desequilibran por encima de un buen planteo táctico. Si el rival no ofrece espacios, bueno, a generarlos. Abrió enseguida una grieta dentro de un área que se suponía no tenía agujeros y, sobre todo, golpeó a Boca en lo anímico.

No se puede asegurar cómo hubiera sido el partido sin ese comienzo furioso, pero sí sabemos que el partido que nació parido por el penal muy bien ejecutado por Borré se salió del guión original y la diferencia la hizo el que supo seguir jugando.

Enzo Pérez disfrutó de una libertad que no había tenido en aquella tarde de septiembre, error de Boca. Fue figura conduciendo desde atrás, eligiendo siempre bien, ordenando un medio campo que en el primer tiempo fue una zona de imprecisiones de los dos lados y que alumbrado por la inteligencia del mendocino fue inclinando la balanza con claridad hacia River.

Sobre los diez minutos del segundo tiempo Alfaro apostó por Tevez, “el enemigo” elegido por los más de 70 mil hinchas locales y exclusivos. Salió Soldano, a quien también le quedaría cómodo el apellido Soldado, porque juega (o hace lo que puede) de donde lo ponga el técnico, ya sea de volante o delantero.

Alfaro buscó que Abila estuviera menos aislado, sin conseguirlo. Boca no logró generar sociedades entre Bebelo Reynoso y Mac Allister, nunca se amigó con la pelota, aunque la necesitaba desde el minuto siete. Esta vez no tenía excusas. En el partido de la Superliga, un mes atrás, no quiso saber nada con el balón; esta vez no pudo hacer con él otra cosa que lanzarlo hacia un Wanchope que solo una vez pudo generar una situación de riesgo.

Al ratito Gallardo respondió desde el banco con Scocco por Borré. Buscaba alguien que culminara, porque el Muñeco entendió que la paciencia es una virtud, pero también que el 1-0 no garantiza el triunfo. River sí controlaba el útil necesario, jugaba por afuera, hacía la cancha más ancha pero le faltaba ser lo suficientemente profundo.

Lo logró enseguida, con la aparición de Nacho Fernández tras pase de Suárez para definir como centrodelantero. El negocio estaba por afuera, pero había que pagar la cuenta en el área, en la caja.

 

Fuente: www.clarín.com