El 25 de octubre, frente a River, el ídolo se despidió oficialmente de las canchas.

El 25 de octubre de 1997 pudo haber sido un día más. Pero no lo fue. Esa tarde, en Núñez, se marcó a fuego un antes y un después en la historia del fútbol mundial.

Como en tantas otras ocasiones, River y Boca se enfrentaron en el estadio Monumental. Una elección legislativa obligó al cambio de día. Era sábado a la tarde y hacía calor. Las populares costaban 10 pesos.

Eran épocas de hinchas locales y visitantes. Cánticos de un lado y del otro. Folklore del bueno. Del que lamentablemente quedó en el camino en estas dos décadas.

El último partido de Maradona

La jornada comenzó con un momento muy emotivo. A 9 meses del aberrante asesinato del reportero gráfico José Luis Cabezas, sus familiares, junto a sus colegas, desplegaron una bandera negra, con los ojos del fotógrafo, exigiendo justicia. El silencio, compartido por ambas hinchadas, fue estruendoso. El banner, atado a globos negros, se elevó por los cielos.

Entró River, entró Boca y todo fue una fiesta. Hernán Díaz a la cabeza de los locales, Diego Armando Maradona , al frente del xeneize. El Nº 10 arengó a sus compañeros en la manga con un “¡Huevos, huevos. Vamos!”, y salió primero, luciendo su cinta de capitán. Detrás, lo siguieron Oscar Córdoba, el Ñol Solano, Cagna, Bermúdez, Toresani, Vivas, Arruabarrena, Fabbri, un platinado Martín Palermo y Latorre. Enfrente, además del capitán millonario, esperaban Burgos, Ayala, Berizzo, Placente, Monserrat, Astrada, Gallardo, Berti, Rambert y Salas. Equipazos.

Como fue habitual en su carrera, todos los flashes fueron con Maradona, que después de persignarse y saludar a sus hinchas fue a cumplir lo que había prometido en la semana: ir a saludar a Ramón Díaz, DT de River, con quien estaba enemistado. Hoy, aquel apretón de manos se haría viral en las redes al instante.

El Monumental estaba repleto. No cabía ni un alfiler. 60.000 espectadores generaron una recaudación de 1.182.165 pesos. Sin embargo, ninguno de ellos sabía, ni supo cuando compró su entrada, que iban a presenciar un partido histórico, único, irrepetible.

Son las 18.15 de ese sábado 25 de octubre. Todavía faltan 40 minutos para que Marcelo Salas se la baje a Sergio Berti en la medialuna del área y la Bruja, con un zurdazo cruzado, convierta el 1 a 0. Y más aún para que, en el entretiempo, el Bambino Veira determine que Maradona no salga a disputar la segunda mitad, y que su reemplazante sea Claudio Paul Caniggia, más allá de que al mismo tiempo ingrese por Nelson Vivas un pibe de 19 años que usa la 20, que pinta para crack y que se llama Juan Román Riquelme. Las crónicas del futuro hablarán de que el cambio fue “Román por Diego” y de que esa imagen simbolizó el traspaso del legado: la Nº 10 xeneize.

Tampoco es momento para imaginar que dentro de exactamente una hora, a los 2 minutos de la etapa final, Diego Latorre meterá un pase magistral para que Julio Toresani defina, “de tres dedos” ante la salida desesperada de Germán Burgos para establecer el 1 a 1. Y mucho menos pensar que 20 minutos más tarde de la paridad, Martín Palermo escribirá el primer capítulo de una historia plagada de situaciones memorables al elevar su cabeza rubia por encima de dos defensores riverplatenses que serán apenas testigos de la situación, que Germán Burgos no sabrá cómo hacer para esquivar la cortina que le planteará Jorge Bermúdez de espaldas y sin tocarlo, que la pelota picará una vez y se colará junto al palo derecho, a pesar del esfuerzo de Leonardo Astrada, quien no terminará de decidirse a tiempo si es mejor rechazarla con el pie, con la cabeza o con la mano antes de empezar a sufrir en primer plano cómo la pelota comenzará a besar la red bajo una intensa llovizna que hará todo aún más épico, y que será el definitivo 2 a 1 pese a los reclamos de todo River al juez Horacio Elizondo, que no sancionará falta del Patrón al Mono, en algo que se convertirá en una polémica interminable.

Aún faltan cerca de dos horas para que el Nº 10 pierda toda la solemnidad y respeto que tuvo para con el equipo local y, ya de noche, salga al campo de juego a festejar con el torso desnudo, haciendo gestos obscenos para celebrar la victoria con su gente y declare un maradoniano: “A River se le cayó la bombacha” para la posteridad. Y cuatro días para que anuncie su retiro, ofendido por el supuesto rumor de la muerte de su padre.

Por ahora es tiempo de disfrutar cómo, apenas 10 segundos después del pitazo inicial, Diego Armando Maradona toca por primera vez la pelota, en el partido que se convertirá en el último suyo como futbolista profesional.

 

Fuente: www.lanacion.com.ar

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