Hablar del reemplazo de la Generación Dorada implica, implícitamente, poner el foco sobre los jugadores. Juan Ignacio Sánchez, Emanuel Ginóbili, Fabricio Oberto, Luis Scola, Andrés Nocioni… Ellos y otros más son los hombres cuya relevancia fue tal que no pocos se preguntaron si habría alguien capaz de sucederlos.

Sergio Hernández camina pasillos de hoteles y zonas mixtas en China ante la mirada admiradora de propios y extraños. Las estrategias, la planificación y el juego que está mostrando la Selección de básquetbol en este Mundial cosechan elogios que se acumulan como si se tratara de peces en la cubierta de un barco pesquero.

El camino recorrido hace que hoy no muchos lo recuerden, pero hace 14 años este entrenador que hoy maravilla también tuvo la ardua tarea de ser «el sucesor de». Venía detrás de Rubén Magnano, responsable de que la Selección jugara el mejor básquetbol jamás visto en este país en Indianápolis 2002 y que, no conforme con eso, había conducido al equipo a la primera medalla de oro olímpica de la historia en Atenas 2004. Con el agregado de vencer en ambas ocasiones a los NBA de Estados Unidos.

Este viernes (desde las 9 de la mañana de Argentina) saldrá a la cancha a jugar contra Francia por un lugar en la final del Mundial. Será en el mismo estadio en el que debutó con la Selección, por la Copa Stankovic. En el mismo recinto en el que ganó la medalla de bronce en los Juegos Olímpicos de 2008.

«Hay muchas cosas. Cuando estás en el lío ni te das cuenta porque estás metido en la vorágine, pero es muy fuerte -aseguró en la zona mixta luego del primer entrenamiento en Beijing-. Muchos colegas míos, algunos con un nivel altísimo, no pueden disfrutar ni de un Mundial porque no tienen la oportunidad». Para él, es el tercero. Nunca bajó de cuartos de final y es la segunda vez que estará entre los mejores cuatro.

«Se suele poner en un extremo al juego rápido, que a mí me gusta, y en otro al de control. Si consigo que mi equipo tire al aro a los 5 segundos, con control de la jugada, perfecto. ¿Qué hacemos con manejar la bola 25 segundos sin dominar la acción?», se preguntó ante los periodistas Oveja. No soltó esa frase ayer ni esta semana, no. La dijo el día de abril de 2005 que asumió en el seleccionado. A los 41 años, ya veía hacia dónde se dirigía el juego. Por gusto personal, era lo que más le convenía.

Con su trayectoria, hoy le es fácil convencer a un grupo nuevo. En su momento, y pese a que ya había sido campeón de Liga Nacional, debió lidiar con tipos que habían puesto al mundo y a los NBA de rodillas con un estilo definido. Estuvo en la inteligencia colectiva el aceptarse mutuamente. Y Argentina, con cambios, pudo mantener la vigencia con el cuarto lugar en Japón 2006 y el bronce en Beijing 2008.

Admirador de Gregg Popovich (al que considera el mejor de todos) y de Phil Jackson, Hernández suele decir que «siempre es mejor perder un partido que perder la línea». En ese sentido, aprendió de sí mismo: alguna vez, en 2011, reconoció haber pasado por una crisis que derivó en alguna expulsión en la Liga Nacional y lo hizo pensar en dejar de dirigir. A fines de 2015, en tanto, protagonizó uno de los escándalos más resonantes de los últimos tiempos en un San Lorenzo-Peñarol cuando salió desencajado a buscar al norteamericano Roquez Johnson luego de un golpe a uno de sus mimados, Leo Gutiérrez. 

El intento de «proteger» a su emblema desnudó también otra de sus formas de conducción. Hernández no reniega del afecto entre el entrenador y el basquetbolista. Por el contrario, lo considera necesario sin llegar a cruzar el umbral y volverse una amistad.

El DT argentino está convencido de que muchos jugadores -en especial en su primer ciclo- le dieron más a él de lo que él les brindó. Que aprendió de ellos. Hace muchos años Ginóbili, por ejemplo, le enseñó a amigarse con las computadoras. «No me acuerdo de cómo veía las cosas hace 13 o 15 años -dice ahora-, pero sí me da la sensación de que tengo algo más de ascendencia que la que tenía en el grupo de 2006. En su momento tuve la habilidad de apoyarme en los jugadores porque ellos eran compañeros de muchos de los rivales».

Otro de los puntales en los que se sostiene es su equipo de trabajo. En China lo acompañan Silvio Santander, Gabriel Piccatto, Maximiliano Seigorman y Juan Gatti. Durante este ciclo también lo han secundado Nicolás Casalánguida y Gonzalo García. En esos nombres -sumándoles algún otro- están varios de los mejores entrenadores del país. Ha sido una constante: en Londres 2012, de hecho, Oveja fue asistente de Julio Lamas. Casi todos los entrenadores de la Selección mayor desde mediados de los ’90 han colaborado entre sí: Guillermo Vecchio (1993-1997), Lamas (1997-2000 y 2011-2014), Rubén Magnano (2001-2004) y Hernández (2005-2010 y desde 2015).

Si bien tiene la última palabra, Sergio escucha. Nadie conoce mejor a los rivales que sus asistentes, quienes se encargan del estudio y el análisis conocidos como scouting. Se vio en este torneo cómo le cedió la pizarra a Santander para que dibujara una jugada. Con el tiempo, redujo su libro cada vez más. «A veces juego cosas que nunca entrené en mi vida», reconoció ante este diario. «Cada vez tengo menos dibujos y más deseo de que mi equipo, con un bagaje menor de diagramas, pueda ejecutar según lectura de juego una opción u otra. La idea es tener al equipo entrenado para que ni siquiera tengan que pensar, sino ejecutar en función de lo que está sucediendo».

Ni lo dudó cuando Federico Susbielles lo llamó en 2015 para volver por un segundo ciclo. La Confederación Argentina de Básquetbol recién estaba resurgiendo luego del conflicto que derivó en su intervención en 2014. «Hay un punto determinante: el hecho de poner el hombro en un momento delicado. Los que tenemos experiencia debemos hacernos cargo». Cuatro años después, está a dos partidos de su mayor logro.

 

Fuente: www.clarín.com